Homilía aniversario de la Pascua de Pironio y acolitados

Martirio, testimonio, vocaciones

Homilía en el 19º aniversario de la muerte del card. Eduardo F. Pironio

Acolitado de los seminaristas Gonzalo Domench y Martín García

Catedral de Mar del Plata, 6 de febrero de 2017

Queridos hermanos:

I. El martirio, paradigma de santidad

Convergen en esta Eucaristía significados diversos. Hoy celebra la Iglesia la memoria de San Pablo Miki y sus compañeros mártires del Japón, que en 1597 murieron crucificados. Sabemos que el martirio es la expresión más perfecta del seguimiento de Cristo. Toda otra forma de santidad tiene aquí su paradigma: la entrega de la vida por amor a Aquel que nos amó primero. Entrega que se realiza sea por la efusión de la sangre o bien por el heroísmo de un amor cotidiano que no retrocede ante las exigencias del Evangelio.

Leemos al respecto en la constitución Lumen gentium del último Concilio: “el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor. Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42).

Emociona leer estas palabras pronunciadas por San Pablo Miki desde la cruz y conservadas por un testigo: “Llegado a este momento crucial de mi existencia, (…) declaro, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo».

II. La entrega de un gran pastor

Hace diecinueve años, el 5 de febrero de 1998, fallecía en Roma el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, quien gobernó esta diócesis como su segundo obispo durante tres años. Esta diócesis no lo olvida, y a través de recursos sencillos, estampas y folletos, deseamos mantener viva su memoria.

Resulta muy útil hacer especial memoria de él, en este año en que celebramos el sexagésimo aniversario de la creación de nuestra diócesis de Mar del Plata, el 11 de febrero de 1957. Su palabra, escrita o grabada en el alma de quienes lo hemos conocido, nos sigue iluminando. Su ejemplo de vida según el Evangelio y su amor a la Iglesia, nos siguen motivando a dejar la mediocridad espiritual. Y ojalá podamos decir algún día, apoyados en el reconocimiento oficial de la Iglesia, que el poder de su vida santa y su intercesión desde el cielo, nos obtienen el favor de la gracia divina y nos renuevan en la esperanza durante nuestra marcha por el mundo.

Para este aniversario de la diócesis, hemos elegido como lema inspirador una expresión que le era muy familiar como ideal de la Iglesia particular: “comunidades orantes, fraternas y misioneras”.

La dificultad práctica que aún subsiste de contar con la edición íntegra de sus escritos, me llevan a espigar en las obras de que dispongo sólo algunas afirmaciones que nos sirven de comentario a cada una de estas tres cualidades, tal como él las entendía; y a la vez de estímulo en la conmemoración de estos sesenta años.

Para ilustrar la dimensión orante de la Iglesia, elijo dos pasajes extraídos del Retiro predicado en el Vaticano, en 1974, en presencia del beato Pablo VI y de la Curia Romana. El primero dice así:

“Hoy hace falta rezar. Sentimos nosotros su necesidad: para ser hombres de equilibrio y profetas de esperanza, para saber comunicar alegría a los cansados y dar permanentemente gloria al Padre que nos ha llamado (…). Habíamos descuidado la oración. El trabajo, la tarea, el apostolado, nos urgieron inmediatamente mucho; o nos cansó el silencio y nos aturdió el ruido y la palabra (…). Una de las características de la espiritualidad actual y de la vida de la Iglesia —en todos sus niveles: sacerdotes, religiosos y laicos, jóvenes y adultos— es la vuelta a la oración. Pero a una oración más profunda y verdadera: más centrada en la Palabra de Dios y en la liturgia, más personal y compartida, más contemplativa y conectada con la vida cotidiana” (Queremos ver a Jesús. Madrid, BAC, 1974. p. 224).

El segundo pasaje, destaca que es toda la Iglesia una comunidad orante, que debe enseñar a orar. Escuchemos:

“Es toda la comunidad cristiana la que tiene que vivir en espíritu y clima de oración. Son momentos fuertes y providenciales para la Iglesia. Tiempos que exigen serenidad y coraje, equilibrio interior e impulso misionero. Además, el Espíritu Santo suscita en los cristianos, particularmente en los jóvenes, un hambre intensa de oración. Se vuelven a nosotros para suplicarnos: Iglesia, «enséñanos a orar». El mundo exige de nosotros un testimonio claro y vivo de oración” (ibid. p. 247).

Para la dimensión de la Iglesia como comunidad fraterna, propongo esta cita tomada de un retiro a las Apóstoles Misioneras de Jesucristo Sacerdote, con una reflexión de espiritualidad realista que nos previene contra la indiferencia y el encierro egocéntrico. Estamos ante un reproche que vale para todos:

“¿Qué significa nueva criatura? Es un hombre fraterno, es aquel que realmente se ha abierto a los hermanos. Aquel que ha establecido nuevos lazos con ellos. La reconciliación tiende a ponernos en paz profunda con nuestros hermanos. No es coexistencia pasiva. ¿Acaso no hay mucho de eso en la vida de ustedes? También en la mía. Una cosa es la paz fecunda con los hermanos, que es la superación de alguna antipatía, de algún conflicto y entrar realmente en una armonía muy honda del Espíritu de Dios, y otra es la coexistencia pasiva, es decir: yo voy por mi lado, esta otra persona por el suyo, procuramos encontrarnos lo menos posible, que él haga su trabajo que yo hago el mío, yo no me voy a dedicar a observar, tampoco quiero que me observen. Pero eso no es cristiano. O sea, el vivir indiferente ante otra persona no es cristiano” (Cf. Fidelidad a nuestra hora. Buenos Aires, Ágape, 2006, p.62).

Al ilustrar la dimensión misionera de la Iglesia, el cardenal Pironio acude al marco teológico que fue objeto privilegiado de su contemplación a lo largo de su vida: la Pascua y Pentecostés, María y el Espíritu:

“La Iglesia de la Pascua es esencialmente misionera. Cuando en la plenitud de la Pascua —Pentecostés— el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos reunidos con María, la madre de Jesús, se forma la Iglesia misionera. Los apóstoles quedaron llenos del Espíritu Santo, salieron del cenáculo, se metieron en el mundo y comenzaron a proclamar en diversas lenguas «las maravillas de Dios» (Hch 2,11). El milagro de Pentecostés (…) produce estos tres frutos: la conversión definitiva de los apóstoles, la formación de una verdadera comunidad cristiana y el dinamismo misionero de la Iglesia. Hablar de una Iglesia en misión es, por eso, hablar de Pentecostés, hablar del Espíritu Santo” (Queremos ver a Jesús. Madrid, BAC, 1974, p. 118).

III. Vocaciones al servicio del altar

Todos los años, en torno a esta fecha, celebra la Iglesia marplatense la semana vocacional. La escasez de vocaciones es manifiesta, un poco en todas partes. Por eso les escribía en mi Mensaje sobre las vocaciones de este año:

“La primera solución que nos propone Jesús en el Evangelio es la oración. Ante un enorme campo sembrado y ya listo para la cosecha, resultan muy pocos los trabajadores: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9,38). Es por tanto un compromiso de los ministros de la Iglesia rezar y hacer rezar a todo el pueblo de Dios por esta intención. No sólo en forma privada sino comunitaria”.

Con sencillez de términos y en estilo directo lo dice nuestro Papa Francisco: “Detrás y antes de cada vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, de un abuelo, de una madre, de un padre, de una comunidad… Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y sólo en la oración pueden perseverar y fructificar” (21 abril 2013).

En esta Misa tenemos la alegría de conferir el ministerio de “acólitos” a los seminaristas Martín García y Gonzalo Domench, que ya se van acercando a la meta del sacerdocio, aunque aún falta un trecho importante de camino por recorrer.

Luego de la oración de bendición sobre ellos, mediante la entrega del recipiente con las ofrendas, quedarán comprometidos a continuar siempre en su conducta el misterio santísimo de la Eucaristía, que un día, representando al mismo Cristo, tendrán que presidir.

Estas palabras que pronunciaré deberán tocar su conciencia: “Recibe este recipiente con el pan destinado a la celebración de la Eucaristía y compórtate de tal manera que merezcas servir a la mesa del Señor y de la Iglesia”.

Queridos Martín y Gonzalo, a lo largo de los años los he tratado y me he encontrado con ustedes en muchas conversaciones personales, procurando seguir el itinerario humano y espiritual de su maduración vocacional, también con la ayuda del delegado para los seminaristas. Junto con la Iglesia de Mar del Plata rezo mucho por su presente y su futuro. Que la Virgen Santísima les conceda la gracia de la perfecta fidelidad.

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Pironio 2017.docx

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