Homilía de monseñor Marino en la dedicación de la Catedral y admisiones

“Ustedes son edificados como una casa espiritual”

(1Pe 2,5)

Homilía en el aniversario de la dedicación de la catedral

Admisión de Juan Pablo Arrachea, Germán Kailer y Marcelo Sorribas

entre los candidatos al Orden Sagrado

Mar del Plata, 9 de febrero de 2017

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el aniversario de la dedicación de nuestra iglesia catedral. No se trata sólo de recordar un hecho histórico. Aquí no festejamos el cumpleaños del edificio, en primer lugar, sino que prevalece un significado profundo, una pedagogía divina y un compromiso misionero.

En conformidad con la naturaleza del hombre, Dios se ha valido de las realidades visibles y provisorias para conducirnos a las invisibles y eternas. Así lo podemos inferir de la Palabra de Dios, en pasajes como el que escuchamos en la primera lectura. El rey Salomón, que ha construido el templo de Jerusalén, eleva una ferviente súplica el día de la dedicación. Allí reconoce la trascendencia divina y al mismo tiempo su especial presencia por gracia en ese lugar, en fidelidad a la alianza. Por eso Salomón exclama: “Pero ¿es posible que Dios habite realmente en la tierra? Si el cielo y lo más alto del cielo no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo he construido!” (1Re 8,27). Pero a continuación añade: “Que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre el lugar del que tú dijiste: «Allí residirá mi Nombre». ¡Escucha la oración que tu servidor dirige hacia este lugar!” (1Re 8,30).

Por un lado, Dios es mayor que todo el universo y no se deja encerrar en ningún lugar, pues no hay lugar alguno vacío de su presencia. Pero, a la vez, Dios que está presente en todas partes, se comprometió a hacer sentir más intensamente su presencia salvadora y su favor en esta casa de oración.

Con la encarnación del Hijo de Dios, se introduce una gran novedad en el concepto de templo. Jesús se aplica a sí mismo la metáfora de la “piedra angular” (cf Mt 21,42 y Sal 118,22-23), sobre la que descansan las paredes, y se considera fundamento del edificio del nuevo Pueblo de Dios. Así lo dice en el Evangelio de San Mateo: “¿No han leído nunca en las Escrituras: «La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos»”? (Mt 21,42).

Más aún, Él mismo se denomina “templo”, como leemos en el Evangelio de San Juan, en la ocasión en que Jesús expulsa del templo a los mercaderes. “Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar»” (Jn 2,18-19). Y el evangelista comenta: “Pero él se refería al templo de su cuerpo” (Jn 2,21).

La humanidad del Hijo de Dios es por excelencia el templo y lugar privilegiado de la presencia de Dios Padre y la fuente del Espíritu Santo que construye invisiblemente la Iglesia como templo espiritual y Cuerpo de Cristo.

Este templo espiritual que es la Iglesia, tiene igualmente como fundamento a los apóstoles, presididos por Pedro, testigos directos y autorizados de sus hechos y enseñanzas. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella” (Mt 16, 18).

De este modo, Cristo y la confesión de fe apostólica son el sólido fundamento sobre el que descansa la Iglesia, que se va edificando con piedras vivas hasta el final de los tiempos. Por eso, en la segunda lectura escuchábamos decir al apóstol San Pedro: “Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1Pe 2,4-5).

Esto nos permite entender que esta solemnidad nos impulsa al compromiso misionero y a edificar cada día la casa espiritual compuesta de piedras vivas.

La visión grandiosa de la Iglesia que nos abre la Palabra de Dios, como casa espiritual y templo del que formamos parte, nos lleva a la pregunta acerca de cómo construimos concretamente este edificio, y de qué manera nuestra conducta se vuelve edificante.

La misma Palabra divina nos brinda apoyo para la respuesta. San Pablo en su primera Carta a los Corintios, luego de hablar de Jesucristo como fundamento del templo de Dios, nos da el criterio de las obras. Dice así: “Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera, pasto o paja: la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa” (1Cor 3,12-14).

¿Qué otra cosa son el oro, la plata, las piedras preciosas, sino nuestras obras realizadas con fe profunda, con amor sincero, con el oculto heroísmo cotidiano? El ejercicio de la paciencia, las pequeñas cosas de cada día, la escucha de quien nos necesita, la buena voluntad ante los inevitables problemas, la responsabilidad en nuestros deberes como ciudadanos; éstos son los “sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” de los que hablaba el apóstol San Pedro.

Lo que decimos de la vida del cristiano en el mundo, vale también para toda la Iglesia en su conjunto reunida en comunidades, así como para todos los cristianos, que con distintos dones y carismas actúan la dimensión apostólica y misionera común a todos los bautizados.

Nunca debemos olvidar que la tarea apostólica de la Iglesia, requiere paciencia, no menos que esfuerzo; capacidad de soportar oscuridades, no menos que entusiasmo; disposición a sufrir por la Iglesia, no menos que el santo orgullo de pertenecer a ella. Por decirlo con palabras del cardenal Pironio que valen para todos, se trata de “La alegría de sentir que las almas lo van a uno devorando en la caridad, y que Dios mismo lo va consumiendo en el amor. Alegría de sentir que su vida va siendo fecunda, no en la medida en que aparece y brilla sino en la medida que se entierra y ofrece. Alegría de saber que somos útiles cuando el Señor nos inutiliza”.

Queridos Juan Pablo, Germán y Marcelo, saben cuánto me alegro por este paso que hoy realizan. La Iglesia por mi intermedio los llama por su nombre por primera vez en el marco de la Eucaristía y los admite entre los candidatos aptos para recibir las órdenes sagradas. Se trata de un primer reconocimiento provisorio.

Esto los obliga a ser más profundos en la entrega cotidiana a Jesucristo, comprometidos a edificar para Él el templo santo y espiritual de su Iglesia. Deben sentir como dirigidas a cada uno de ustedes las palabras que encontramos en el libro del profeta Isaías, donde Dios se dirige al pueblo elegido diciéndole: “Te he llamado por tu nombre. Tú eres mío” (Is 43,1).

Los informes de sus superiores del Seminario, del Rector Andrés Magliano, aquí presente, el seguimiento del P. Luis Albóniga, delegado por mí, y mi propio discernimiento hecho desde la cercanía, la objetividad y el afecto, a través de sucesivos encuentros y diálogos, dan esperanzas a esta Iglesia de Mar del Plata de poder contar en el futuro con tres dignos miembros de su clero.

Por eso, invito a los fieles a orar por estos seminaristas, pues la oración es una de las maneras de edificar la Iglesia. Hagámoslo invocando a María, madre y modelo de la Iglesia.

Con mi cordial bendición.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Dedicación Catedral MdP 17.docx

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