Homilía del obispo en el TE DEUM por 143° aniversario de Mar del Plata

“Edificó su casa sobre roca”

(Mt 7,24)

Homilía en el Te Deum del 143ºaniversario de la fundación de Mar del Plata

10 de febrero de 2017

La ciudad de Mar del Plata celebra hoy el 143º aniversario de su fundación. Representada por sus autoridades civiles, lo hace en el marco altamente significativo de esta capilla de Santa Cecilia, que con razón ha sido llamada “la piedra fundamental” de esta hermosa ciudad, pues su urbanización nace a los pies de este monumento nacional, cuando el arquitecto Carlos Chapeaurouge trazó la cuadrícula de la urbe.

Celebrar un aniversario fundacional nos lleva a reflexionar sobre las bases o cimientos sobre las cuales descansa la obra fundada, en este caso la ciudad justamente famosa en el país y en el mundo. En nuestra patria se la conoce como “la ciudad feliz”, pero bastará recorrerla en su integridad para caer en la cuenta de la parcialidad o bipolaridad de esta afirmación.

Acudir a este templo implica que, en continuidad con sus orígenes, la sociedad sigue reconociendo en Dios, Creador y Redentor, la fuente mejor de inspiración y el fundamento más sólido para seguir construyendo una ciudad desde el anhelo de una mayor justicia social, y motivada por los valores evangélicos del amor y la fraternidad.

Nos reunimos en este lugar sagrado para agradecer a Dios por el camino recorrido y para rendirle el justo homenaje de reconocimiento que merece como principio, centro y fin de nuestra existencia, no sólo como individuos sino como sociedad.

Nada debe temer la sociedad civil de esta dimensión religiosa del aniversario. Antes bien, mucho puede esperar como fruto de este homenaje al que es la “fuente de toda razón y justicia” como sigue afirmando el preámbulo de nuestra Constitución nacional.

La Iglesia Católica, por razón de su misión recibida de Cristo y de su competencia propia en la sociedad, nunca se confunde con la comunidad política. Es consciente del rol histórico que ha ejercido y de su deber intrínseco de ser signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana. Respeta y enseña a respetar; promueve y alienta a promover la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos.

Enseña los valores básicos que hacen al bien común y exhorta al compromiso para su promoción y defensa, tales como la solidaridad, la libertad, la salud, el respeto irrestricto a la vida desde sus orígenes, la justicia y equidad, la atención a los más débiles y desprotegidos, el derecho a la educación, la seguridad personal, la igualdad de oportunidades y otros valores análogos. “Experta en humanidad”, como la definiera el Papa Pablo VI, sabe que hay derechos que están escritos en la naturaleza del hombre, antes de ser objeto de legislación positiva, y que están en la base o fundamento de toda sociedad.

La negación de cualquiera de estos valores y derechos implicaría una grave debilidad en los cimientos que sostienen el noble edificio de la sociedad. En términos evangélicos, implicaría incurrir en la necedad prevista en las enseñanzas de Jesús cuando advertía: “El que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; ésta se derrumbó y su ruina fue grande” (Mt 7, 26-27).

Que Dios Nuestro Señor, por la intercesión de la mártir Santa Cecilia, se digne conceder hoy y siempre a todos los habitantes de esta bella ciudad, la abundancia de sus bendiciones. Las imploramos sobre sus autoridades y sobre todos aquellos que ejercen cargos de relevancia en la vida pública.

Deseo concluir con la más antigua oración de la Iglesia por la autoridad política, compuesta hacia fines del siglo I, y que tiene como autor a uno de los primeros papas, San Clemente Romano:

“Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado (…) Dirige, Señor, su consejo según lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que les has dado, te encuentren propicio” (Ad Corintios 61,1-2).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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