Homilía del obispo en la fiesta de Lourdes

“Su misión se identifica con la misión de la Iglesia entera”

Homilía en la fiesta de la Virgen de Lourdes

Sexagésimo aniversario de la creación de la diócesis

Mar del Plata, Gruta de Lourdes, 11 de febrero de 2017

Queridos hermanos:

Hace sesenta años, el 11 de febrero de 1957, el Papa Pío XII, mediante su bula Quandoquiden adoranda, creaba nuestra diócesis de Mar del Plata junto a otras once diócesis hermanas.

Ningún lugar más adecuado para recordar este aniversario que esta Gruta de Lourdes, en coincidencia con el día de la Virgen. Ella es la realización perfecta de la “Iglesia santa e inmaculada” (cf. Ef 5,27) querida por Cristo como su mística esposa, asociada a Él por gracia en la salvación de los hombres. En María contemplamos la realización más alta del Evangelio de Cristo y en ella reconocemos a la madre y modelo de la Iglesia.

Al misterio de la Iglesia, considerada en su naturaleza y su misión, podemos aproximarnos con la doctrina de los santos Padres y de los teólogos, fundada en su meditación orante de las Sagradas Escrituras; y con las precisas enseñanzas de la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II.

Pero también podemos y debemos acercarnos a la comprensión de lo que somos y estamos llamados a ser como Iglesia de Cristo, a través de acontecimientos que tienen a los pobres como protagonistas elegidos por la Virgen para recordar lo esencial del Evangelio de su Hijo. En perfecta concordancia con la figura de María que nos presenta la Palabra de Dios, ella remite siempre a su Hijo Jesús: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5). Tal es el caso de Lourdes en 1858, e igualmente hace un siglo en Fátima, en 1917.

Oración, conversión, penitencia, pobreza. Tales son los nombres de las realidades que encontramos aquí como materia para un mensaje que sorprende por su estilo directo y pedagógico. Se trata de palabras que pertenecen al núcleo esencial de la vida cristiana, y que encarnadas en la vida de los simples han servido para mover multitudes al encuentro con Jesucristo como único Salvador.

Las grandes verdades de la fe sobre la misión de la Iglesia, son aquí transmitidas no con la agudeza del discurso teológico, sino con la sorprendente simplicidad de lo que San Juan Pablo II llamaba “la teología vivida de los santos” (cf NMI 27). En la vida de la niña Bernardita Soubirous, se cumple aquella exclamación de Jesús: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt 11,25-26).

Según testigos presenciales, durante las dieciocho apariciones ella nada oía de parte de quienes la rodeaban e intentaban preguntarle con curiosidad. Pero su rostro y la intensidad de su oración lo decían todo y lograban conmover y convertir a muchos.

Sabemos la Iglesia tiene justas exigencias y severidades ante este tipo de fenómenos. Pero ella, ante los múltiples interrogatorios de parte de la jerarquía y ante las advertencias y amenazas de las autoridades civiles, no preparaba su respuesta y lograba desarmar con simplicidad evangélica las objeciones, cargos y trampas en que intentaban hacerla caer, dejando emocionados y confundidos a sus interlocutores. Un célebre periodista, católico y practicante, dirá de ella: “Es una ignorante, pero vale mucho más que yo” (Louis Veuillot, cf. R.Laurentin, Vida de Bernadette. Barcelona 1979).

Esta niña que en el momento de las apariciones tenía catorce años, analfabeta y pobre entre los pobres, no hablaba propiamente francés sino el dialecto patois. Sólo más tarde aprenderá a hablar y escribir en francés. Ingresará en una comunidad religiosa y morirá con sólo treinta y cinco años.

Poco antes de su muerte advertía a los historiadores de las apariciones, en abril de 1879: “Cuanto más sencillo se escriba será mejor. A fuerza de querer adornar las cosas se las desfigura”.

Lourdes se convertiría después en un centro de peregrinaciones multitudinarias, y llegó a ser la capital de la oración, donde milagros físicos y morales atraerían a los enfermos y a muchos alejados de Dios. Poco después comenzaría una extensa y ejemplar actividad caritativa.

Dentro de la diversidad de vocaciones, de dones y carismas que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia, hay rasgos espirituales comunes a todos: la oración continua surgida de corazones simples; la conversión cotidiana de nuestro espíritu, para superar el tóxico de la mentalidad del mundo; el dominio de nosotros mismos mediante las prácticas penitenciales; el espíritu de pobreza y el amor a los pobres que todos debemos tener.

El modelo insuperable de este espíritu de pobreza evangélica es la Virgen María, quien en su canto de alabanza a Dios se muestra vacía de sí misma y alabando a Dios que sabe hacer grandes cosas en los humildes y pequeños como ella.

Lo mejor que hoy podemos hacer al cumplir sesenta años como diócesis es mirar a la Virgen María con ojos llenos de gratitud y estupor. Hacia ella que ante Bernardita se definió como la Inmaculada Concepción. Todos juntos, sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y fieles laicos, presididos por el obispo. Esta convicción sobre María como espejo y ejemplar de la Iglesia me ha acompañado a lo largo de mi servicio como sacerdote y como obispo.

Por eso hace catorce años, en mi ordenación episcopal dirigía a Pueblo de Dios estas palabras, que ahora repito con renovada convicción:

«¡Gloriosa Madre de Dios y su humilde servidora; primera discípula de Cristo; madre y modelo de la Iglesia! (…) Tu misión se identifica con la misión de la Iglesia entera, y en ella se prolonga: traer a este mundo al que es la única esperanza y alegría de los hombres, tu Hijo Jesucristo. Él es engendrado en los corazones de los fieles, por obra del Espíritu Santo que a ti te volvió fecunda. Con las palabras de la más antigua oración de la Iglesia dirigida a tu nombre, te digo con toda mi filial confianza: “Bajo tu amparo, Santa Madre de Dios” ».

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Lourdes 17-Prensa.docx

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