Meditación de Cuaresma del obispo a las consagradas

Reflexión de cuaresma para las consagradas

Mar del Plata, Colegio Santa Cecilia, sábado 4 de marzo de 2017

I. Cuaresma y Misterio Pascual

Nos reunimos esta mañana, para meditar sobre la Cuaresma como un tiempo de conversión y de gracia. Se trata de un camino espiritual de preparación a la fiesta mayor de los cristianos, que es la Pascua.

Nunca debemos olvidar que en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se resume lo central de nuestra fe. En la Pascua, Dios Padre nos revela la medida de su amor, enviando al Hijo. Nos lo entrega: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16). “Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rom 5,8).

Y el Padre y el Hijo nos dan el Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios por adopción: “El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). ¡Ésta es la mayor dignidad que puede tener el hombre! Dios nos hace miembros de su casa, de su familia.

La revelación de la vida íntima del Dios Trinidad coincide con la revelación de nuestra propia dignidad, de nuestro propio misterio. Es bueno y consolador frecuentar textos de la Palabra de Dios a los cuales acudimos poco, y de los que se predica cada vez menos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a os que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo «¡Abba!», es decir, ¡Padre!” (Gal 4,4-6).

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom 8,14).

Gracias al acontecimiento pascual, nos adentramos en el misterio de la vida íntima de Dios, en el misterio del Padre. Dios es eternamente Padre. Padre eterno de un Hijo eterno, que es Dios como Él, desde el principio sin principio, antes que nada existiera. “Engendrado, no creado –decimos en el Credo- de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho”. El Padre y el Hijo viven en una eterna comunión de conocimiento y amor. Y este amor eterno que los une es también una Persona divina, es también Dios: el Espíritu Santo, que nos ha sido dado: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

La obra salvadora de la Trinidad nos lleva a la vida íntima del Dios uno y trino. Ese océano insondable de felicidad, que es nuestra casa: allí está nuestro origen y nuestro fin. Ahí está la fuente de nuestra vida en gracia y en gloria.

Por tanto, el misterio pascual que nos lleva a descubrir el misterio de la Trinidad, nos lleva igualmente a descubrir nuestro propio misterio. Escuchemos un texto famoso del Concilio Vaticano II: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona” (GS 22).

La Iglesia nos enseña cómo debemos vivir este tiempo, para que obtengamos más abundantes frutos espirituales de la celebración del misterio pascual.

II. Historia de la cuaresma

Considero que puede ser útil comenzar por una breve reseña histórica sobre el origen de la cuaresma. Trataré de simplificar una historia compleja. Tomo los datos de un buen liturgista (Jesús Castellano, El año litúrgico).

Desde fines del siglo II, tenemos constancia por el historiador Eusebio de Cesarea de que existe un período de preparación a la Pascua, mediante la observancia de días de ayuno. Él habla de una controversia sobre la fecha de celebración de la Pascua y reproduce el texto de una carta de San Ireneo al papa Víctor, que decía: “Efectivamente la controversia no es solamente acerca del día, sino también acerca de la forma misma del ayuno, porque unos piensan que deben ayunar durante un día, otros que dos, y otros que más; y otros dan a su día una medida de cuarenta horas del día y de la noche. Y una tal diversidad de observantes no se ha producido ahora, en nuestros tiempos, sino ya mucho antes, bajo nuestros predecesores…” (Historia eclesiástica V,24,12-13).

San Hipólito de Roma, en su obra La Tradición apostólica, atestigua que los dos días previos a la Pascua, eran de riguroso ayuno: “Para cumplir con el ayuno de Pascua, nadie tomará nada antes de que se haga la oblación… Si alguien se encuentra enfermo y no puede ayunar dos días, ayunará el sábado solamente por necesidad, contentándose con pan y agua” (Salamanca, Sígueme, 1986; p. 110).

En el siglo III, la Didascalia, habla de una semana de ayuno previo a la Pascua. En el siglo IV, año 325, el concilio de Nicea, en el canon V, habla por primera vez de “la cuaresma”.

En Roma, al comienzo, se habría dado una semana de ayuno. Luego tres semanas, con la lectura del Evangelio de San Juan. Y por último, cuarenta días, inspirados en la estadía de Jesús en el desierto.

En cuanto al modo de contar los cuarenta días, la historia es compleja. Primero se computaron las seis semanas anteriores a la Pascua. Lo que es el domingo de las tentaciones, era el primer día de cuaresma. Ésta se extendía hasta el jueves santo inclusive, y así resultan cuarenta días.

Pero, como el ayuno no se practicaba el domingo, día del Señor, había que descontar seis días, y así resultaban treinta y cuatro días de ayuno. Un papa en el siglo VII, posterior a San Gregorio Magno, resolvió completar el número haciendo iniciar la cuaresma el miércoles anterior al domingo en que comenzaba la sexta semana antes de Pascua, e incluyendo en los ayunos el viernes santo y el sábado santo. Si nosotros contamos los días desde el miércoles de ceniza hasta el sábado santo inclusive, veremos que resultan cuarenta y seis días. Pero como quedan exceptuados los domingos, se constituían cuarenta días de ayuno.

En la actualidad: “El tiempo de Cuaresma se extiende desde el Miércoles de ceniza hasta la Misa de la Cena del Señor, exclusive” (Misal, Ordo).

¿Por qué llamamos “de ceniza” al miércoles anterior al primer domingo de cuaresma? Consta que desde el siglo IV, este miércoles, mucho antes que fuera considerado como el comienzo de la cuaresma, era el día en que los pecadores públicos se acercaban al penitenciario para confesar sus pecados. Entonces, recibían un hábito de que estaba forrado con cilicio, tela áspera con cerdas o púas, y era espolvoreado con ceniza. Sabemos que en la Biblia la ceniza es símbolo de penitencia. El penitente ingresaba en un orden penitencial y se retiraba a un monasterio, hasta la mañana del jueves santo, en que eran reconciliados por la Iglesia.

Cuando fue desapareciendo la penitencia pública, en el año 1001, el papa Urbano II extiende el rito de la ceniza a todos los fieles incluidos los clérigos. De lo cual resulta una gran pedagogía, como invitación a la conversión, a la conciencia del pecado, a la penitencia.

III. Espiritualidad

Cuarenta días y cuarenta años

El número cuarenta en la Biblia está cargado de resonancias hondas y profundamente significativas. La principal de ellas es evocar los cuarenta años del éxodo del pueblo de Israel por el desierto, entre la esclavitud de Egipto, que quedaba atrás, y la tierra prometida por Dios, que estaba por delante, como herencia y regalo para el pueblo elegido. Tales años fueron la pedagogía implementada por Dios para formar a su pueblo, robusteciéndolo en la fe y alentándolo a experimentar el precio de la libertad. Cuando las fuerzas decaían y aparecía la tentación de volverse atrás, al Egipto seductor, la palabra divina obligaba a recordar las maravillas ya experimentadas y sacudía a los pusilánimes para que levantaran la mirada hacia horizontes de grandeza. Así, entre la memoria y la esperanza, transcurrió la travesía, la epopeya fundante del Pueblo de Dios. El éxodo fue posible, y con él, la libertad.

El extenso relato bíblico de aquella gesta, insiste en las tentaciones del pueblo en el desierto, en sus murmuraciones y rebeldías, en la magnitud de los desafíos y en la gravedad de las pruebas padecidas: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (Dt 8, 2-3).

Al meditar sobre los acontecimientos del éxodo, San Pablo, en su primera carta a los corintios, afirma: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se crea muy seguro, ¡cuídese de no caer! Hasta ahora, ustedes no tuvieron tentaciones que superen sus fuerzas humanas. Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla” (1Cor 10,11-13).

Pero la palabra “Cuaresma” evoca también los cuarenta días de Jesús en el desierto de Judá, que a su vez recuerdan y recapitulan los cuarenta años que Israel transcurrió en el desierto del Sinaí, desde la salida de la esclavitud de Egipto hasta su ingreso en la tierra prometida.

El Demonio le propone un mesianismo de abundancia: que estas piedras se conviertan en pan; también un mesianismo de prodigios: que se arroje desde lo alto del templo; por último, un mesianismo de dominio político: tendrá todos los reinos de este mundo si lo adora. Jesús, aunque debilitado por los cuarenta días de ayuno, rechaza siempre la tentación, porque los caminos del Padre son muy distintos. Allí donde Israel sucumbió con frecuencia a la tentación, Cristo triunfó en lugar nuestro, dejándonos ejemplo y remedio.

De este modo, nos abrió el camino y nos mereció la gracia para orientarnos sabiamente en el desierto de la vida, donde la tentación puede acechar a cada paso. Porque fuimos creados por Dios como hombres libres, pero el pecado rompió nuestra comunión de vida con Dios, y dañó nuestra armonía interior, volviéndonos esclavos de nuestro propio desorden. Y así fuimos volcando nuestro desequilibrio en las relaciones con los demás y con el mundo en que vivimos.

La Cuaresma debe caracterizarse como un ejercicio de libertad que se implora y se experimenta bajo el auxilio de la gracia de nuestro Salvador. Sólo Él puede liberarnos de nuestras esclavitudes internas: “Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado (…). Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres” (Jn 8,34.36).

Al celebrar la Santa Misa, la Eucaristía de Jesús, memorial perpetuo de la verdadera liberación del hombre de sus esclavitudes más profundas, tenemos ocasión para una breve reflexión de sabiduría sobre nuestra vida. Hay en todo hombre un anhelo irrenunciable de libertad, una aspiración a vivir en plenitud el misterio de nuestra existencia. Esta libertad tiene un precio, y es la lucha ardua por nuestra autenticidad. Se identifica con la conducta madura del hombre sereno, cuyos actos no proceden de la anarquía interior de sus miedos o de sus impulsos, ni de las presiones sofocantes de su medio, sino desde el santuario de su conciencia y desde sus más íntimas convicciones. Jesucristo, a quien los cristianos confesamos como supremo maestro y como Verbo de Dios encarnado, nos ha dicho: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8,31-32).

La vida nos fue donada sin que la pidiéramos y nos será arrebatada del mismo modo. El problema de Dios para el hombre consiste en esto: conocer que en el inicio y en el fin de nuestra existencia, está presente un gran Amor, que quiere hacernos libres de verdad; una gran Bondad que acompaña toda nuestra vida, sin que nos demos cuenta, y que conduce todas las cosas para nuestro bien. Aquel Amor del cual Dante decía que “mueve el sol y las estrellas”.

Pecado y conversión

En este tiempo, guiados por la luz de la palabra divina, se intensifica en nosotros la conciencia de la necesidad de nuestra conversión a Dios. Las lecturas y oraciones nos invitan a volver a Dios, a hacer penitencia por nuestros pecados y a pedir perdón.

La conversión a Dios, implica partir del reconocimiento de nuestros pecados. Leyendo con atención la Escritura, con la tradición de la Iglesia, distinguimos tres tipos de pecado: el pecado personal, el pecado original, el pecado del mundo.

El pecado personal. El Salmo 50, es el salmo penitencial por excelencia, donde reconocemos nuestras faltas personales, y dirigimos una súplica intensa para obtener el perdón y alcanzar la gracia: “¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!” (Sal 50,3-4).

Los verbos indican la necesidad de la gracia divina, ante la imposibilidad que tiene el pecador de salir por sí mismo de su estado: “apiádate”, “borra”, “lávame”, “purifícame”. Y más adelante continúa: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu” (50,12). Distintos pasajes de la Escritura expresan esta idea: “Conviértenos, Señor, a ti, y nos convertiremos” (Lam 5,21).

La experiencia de nuestros pecados personales es cosa demasiado evidente como para ser negada. Por eso, la primera Carta del apóstol San Juan nos advierte: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (1Jn 1,8-9).

El pecado original. Pero el Salmista va al fondo de la condición pecadora del hombre, y llega a reconocer que el pecado es inherente a la existencia humana desde el principio: “Mira que culpable nací; pecador me concibió mi madre” (50,7). Se habla aquí de una decadencia moral congénita en el hombre, que puede considerarse como una preparación remota de la doctrina que desarrollará San Pablo sobre el pecado original, contenida en la carta a los Romanos (cf. Rom 5,12-21). San Juan Pablo II, al comentar el Salmo 50 tiene excelentes reflexiones (Laudes con el Papa. Madrid,BAC,2006).

El pecado del mundo. Desde el interior desordenado del hombre, el pecado se traslada a sus actos y a las relaciones con los otros hombres. Se va fortaleciendo así un desorden en la vida social. La huella que van dejando los pecados personales en las costumbres de la sociedad, constituye “el pecado del mundo”, que en cierto sentido es anterior a nuestra conducta y es la mentalidad que influye sobre nuestros actos. Pero a su vez, esta trama desordenada es fruto de nuestros pecados personales y crece con ellos. Y así, por último, tiende a encarnarse en estructuras de injusticia y en leyes de pecado, como hemos visto con dolor en estos últimos años.

Como enseña la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II: “En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano” (GS 10).

Gracia y libertad

El pecado es el origen profundo de todo mal, de toda esclavitud y de todo desorden que encontramos en el mundo de los hombres. Dice Jesús: “Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado” (Jn 8, 34). Y San Pablo llega a decir: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado” (Rom 7,14).

¡Qué gran lección podemos sacar de la lectura atenta de Rom 7,14-8,3! El pecado en sus distintos niveles y formas nos tiene esclavizados, pero la gracia del Espíritu de Cristo es nuestra progresiva libertad.

El tiempo de cuaresma nos invita a descubrir un camino de libertad. Ha de ser un período de conversión a Dios que debe caracterizarse por un esfuerzo consciente de oración perseverante, de renuncia voluntaria a gustos legítimos, y de una atención más esmerada a las obras de caridad. Este programa está resumido en tres palabras que significan la referencia a Dios, a nosotros mismos y al prójimo: oración, ayuno y limosna.

Allí donde el pecado ha introducido oscuridad, desorden y esclavitud, la gracia de nuestro Salvador Jesucristo, viene a poner luz, orden y libertad. Se trate de nuestra vida personal o social, el remedio estará siempre en el conocimiento de la verdad que nos hace libres (Jn 8,32), en nuestra sintonía con la voluntad de Dios (Jn 8,29) y en nuestro amor al prójimo (Jn 15,12).

El mayor contacto con Dios, se ha de procurar principalmente en la búsqueda de momentos de encuentro personal con él, mediante la oración. Las cosas urgentes, que necesario atender, no deben distraernos de “la única cosa necesaria” (Lc 10,42), del “tesoro escondido en el campo” (Mt 13,44), de la “perla de gran valor” (Mt 13,45-46). Junto con la oración, la escucha atenta y la lectura frecuente y meditada de la Sagrada Escritura enriquecerán nuestra vida espiritual. Lo mismo que la confesión frecuente de nuestros pecados y la participación más fervorosa en la Eucaristía.

El encuentro con Dios en Cristo, bajo la luz del Espíritu, nos llevará de suyo a un conocimiento mayor de aquellos aspectos de nuestra conducta sobre los cuales debemos ejercer mayor vigilancia. Los vicios y defectos dominantes. Situaciones que pueden exponerme al pecado. Si en definitiva, nuestra conversión depende más de la gracia divina que de nuestro esfuerzo, el don de Dios no se nos dará sin una activa predisposición y colaboración de nuestra parte. El ayuno viene a recordarnos la necesidad de aprender a dominar nuestros gustos, mediante renuncias voluntarias a cosas, en sí mismas, legítimas, para llegar a ser dueños de nosotros mismos y no esclavos de nuestras pasiones.

“¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no sin saber adonde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado” (1Cor 9,24-27).

La atención caritativa hacia el prójimo, personal e institucional, dará la medida de la autenticidad de nuestra conversión. La Iglesia se acredita por el testimonio de la caridad.

La Virgen Santísima, madre de nuestro verdadero Moisés, acompaña al pueblo peregrino en el desierto de la vida, con su ejemplo y su intercesión. A ella, pues, encomendamos los esfuerzos de esta santa Cuaresma.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Cuaresma Consagradas 17.docx

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