Reflexión de monseñor Marino en la jornada de animación pastoral 2017

Que seamos comunidades orantes, fraternas y misioneras

Siervo de Dios, Mons. Eduardo Pironio. Oración a Ntra. Sra. de la Misión

Jornada de animación pastoral

Mar del Plata, Ce.Di.E.R, 1º de abril de 2017

Celebramos este año el sexagésimo aniversario de la creación de nuestra diócesis de Mar del Plata. Fue el 11 de febrero de 1957.

Para este aniversario significativo, hemos elegido como lema inspirador una expresión de Mons. Pironio que se repetía de memoria, pero que costaba localizar en las obras que disponemos: “comunidades orantes, fraternas y misioneras”. Después de buscar infructuosamente, descubrí casi por casualidad, primero en internet y luego en un pequeño libro de oraciones compuestas por el cardenal, editado por Editorial Claretiana, el lugar donde se encuentra este anhelo que debe caracterizar a la Iglesia particular. Se trata de una oración a Nuestra Señora de la Misión, que los invito a rezar juntos:

Virgen de la Buena Nueva: recibiste la Palabra y la practicaste.

Por eso fuiste feliz y cambió la historia.

Virgen de la misión y del camino,

la que llevó a la casita de Isabel la Salvación

y a los campos de Belén la Luz del Mundo.

Gracias por haber sido misionera,

Por haber acompañado a Jesús en el silencio y la obediencia a su Palabra.

Gracias porque tu misión fue hasta la cruz y hasta el Don del Espíritu en Pentecostés.

Allí nació la Iglesia misionera.

Virgen de la Misión: También nosotros viviremos en misión.

Que toda la Iglesia se renueve en el Espíritu.

Que amemos al Padre y al hermano.

Que seamos pobres y sencillos,

presencia de Jesús y testigos de su Pascua.

Que al entrar en cada casa comuniquemos la Paz,

anunciemos el Reino y aliviemos a los que sufren.

Que formemos comunidades orantes, fraternas y misioneras.

Virgen de la Reconciliación: nuestra Iglesia peregrina

quiere proclamar la Fe con la Alegría de la Pascua y gritar al mundo la Esperanza.

Por eso se hunde en tu silencio, tu comunión y tu servicio.

Ven con nosotros a caminar.

Amén. Que así sea.

Esta oración es muy propia de su conocida devoción mariana, y expresa su notable pasión por el misterio de la Iglesia y su misión.

Me han pedido que comente el lema de este año aniversario. No pretendo ser exhaustivo sino sólo recoger algunas espigas halladas en las obras de que dispongo. No dispongo ni de un elenco completo de sus escritos ni de un registro temático. Recojo algunas reflexiones que pueden servirnos de comentario a cada una de estas tres cualidades. De este modo deseo contribuir al clima espiritual de esta Jornada de animación pastoral. De paso nos mostrarán que el cardenal Pironio, además de ser un hombre de profunda vida espiritual, era también un hombre de sólida doctrina teológica. Y también espero que nos brinden un nuevo ardor misionero en la conmemoración de estos sesenta años.

Comenzamos por el primer término: comunidades orantes. Para ilustrar la dimensión orante de la Iglesia, elijo algunos pasajes donde el siervo de Dios habla de la oración personal, de la Iglesia como comunidad orante y de la oración por la Iglesia.

Los dos primeros textos los tomo del Retiro predicado en el Vaticano, en 1974, en presencia del beato Pablo VI y de la Curia Romana. El primero dice así:

“Hoy hace falta rezar. Sentimos nosotros su necesidad: para ser hombres de equilibrio y profetas de esperanza, para saber comunicar alegría a los cansados y dar permanentemente gloria al Padre que nos ha llamado (…). Habíamos descuidado la oración. El trabajo, la tarea, el apostolado, nos urgieron inmediatamente mucho; o nos cansó el silencio y nos aturdió el ruido y la palabra (…). Una de las características de la espiritualidad actual y de la vida de la Iglesia —en todos sus niveles: sacerdotes, religiosos y laicos, jóvenes y adultos— es la vuelta a la oración. Pero a una oración más profunda y verdadera: más centrada en la Palabra de Dios y en la liturgia, más personal y compartida, más contemplativa y conectada con la vida cotidiana” (Queremos ver a Jesús. Madrid, BAC, 1974, p. 224).

Podemos decir que aquí prevalece la urgencia de la oración personal, como necesidad de ahondar en la comunión con Dios, sin desvincularla de la oración comunitaria.

El segundo pasaje, destaca que es toda la Iglesia una comunidad orante, que debe enseñar a orar. Escuchemos:

“Es toda la comunidad cristiana la que tiene que vivir en espíritu y clima de oración. Son momentos fuertes y providenciales para la Iglesia. Tiempos que exigen serenidad y coraje, equilibrio interior e impulso misionero. Además, el Espíritu Santo suscita en los cristianos, particularmente en los jóvenes, un hambre intensa de oración. Se vuelven a nosotros para suplicarnos: Iglesia, «enséñanos a orar». El mundo exige de nosotros un testimonio claro y vivo de oración” (ibid. p. 247).

El tercer texto lo elijo de la obra mencionada antes: Señor, enséñanos a orar. Se trata de una oración donde prevalece el orar por la comunidad, por la Iglesia:

“Señor, que en los momentos más intensos de noche, de oscuridad, de sufrimiento y de cruz, cuando estemos tentados de tristeza, Tú nos envíes al Consolador, al Paráclito, a la consolación verdadera, para que gustemos adentro la alegría del espíritu, para que seamos fundamentalmente alegres, para que desde allí, oh Jesús, comuniquemos a los demás la alegría de la Pascua. Señor, de esta comunidad aquí presente, de todas las comunidades, las que están esparcidas por todo el mundo, haz que sean verdaderamente comunidades pascuales, es decir, comunidades que viven la vida del Espíritu, que viven en ti generosamente abiertas en servicio integral a los hombres, Señor, que esperan la buena noticia de la salvación. Amén” (Señor, enséñanos a orar p. 15).

El segundo término del lema es: comunidades fraternas. Para la dimensión de la Iglesia como comunidad fraterna, propongo esta cita tomada de un retiro a las Apóstoles Misioneras de Jesucristo Sacerdote, con una reflexión de espiritualidad realista que nos previene contra la indiferencia y el encierro egocéntrico. Estamos ante un reproche que vale para todos:

“¿Qué significa nueva criatura? Es un hombre fraterno, es aquel que realmente se ha abierto a los hermanos. Aquel que ha establecido nuevos lazos con ellos. La reconciliación tiende a ponernos en paz profunda con nuestros hermanos. No es coexistencia pasiva. ¿Acaso no hay mucho de eso en la vida de ustedes? También en la mía. Una cosa es la paz fecunda con los hermanos, que es la superación de alguna antipatía, de algún conflicto y entrar realmente en una armonía muy honda del Espíritu de Dios, y otra es la coexistencia pasiva, es decir: yo voy por mi lado, esta otra persona por el suyo, procuramos encontrarnos lo menos posible, que él haga su trabajo que yo hago el mío, yo no me voy a dedicar a observar, tampoco quiero que me observen. Pero eso no es cristiano. O sea, el vivir indiferente ante otra persona no es cristiano” (Cf. Fidelidad a nuestra hora. Buenos Aires, Ágape, 2006, p.62).

Reproduzco ahora un fragmento de una oración que lleva por título: Señor, haznos constructores de comunidad. Aquí se afirma el papel insustituible que tiene el testimonio comunitario y fraterno en la transformación del mundo:

“Señor, Tú estás aquí y me hablas y yo escucho y respondo. Tú me estás pidiendo algo y yo te lo doy. No basta que te haya dicho: Señor, quiero cambiar, quiero vivir mejor mis deberes contigo y mis deberes con mi prójimo. No basta. Tenemos que decidirnos a formar una comunidad nueva: una comunidad cristiana que sea auténtica comunidad de fe, de esperanza y de amor. Porque lo que cambia el mundo no es simplemente el testimonio aislado de una persona. Lo que cambia es el testimonio de una comunidad que ama y que se compromete por el amor a cambiar la historia” (Señor, enséñanos a orar,p. 16).

El tercer término de nuestro lema dice: comunidades misioneras. Al ilustrar la dimensión misionera de la Iglesia, el cardenal Pironio acude, en el Retiro en el Vaticano, al marco teológico que fue objeto privilegiado de su contemplación a lo largo de su vida: la Pascua y Pentecostés, María y el Espíritu:

“La Iglesia de la Pascua es esencialmente misionera. Cuando en la plenitud de la Pascua —Pentecostés— el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos reunidos con María, la madre de Jesús, se forma la Iglesia misionera. Los apóstoles quedaron llenos del Espíritu Santo, salieron del cenáculo, se metieron en el mundo y comenzaron a proclamar en diversas lenguas «las maravillas de Dios» (Hch 2,11). El milagro de Pentecostés (…) produce estos tres frutos: la conversión definitiva de los apóstoles, la formación de una verdadera comunidad cristiana y el dinamismo misionero de la Iglesia. Hablar de una Iglesia en misión es, por eso, hablar de Pentecostés, hablar del Espíritu Santo” (Queremos ver a Jesús. Madrid, BAC, 1974, p. 118).

El segundo texto que selecciono para ilustrar la dimensión misionera de la Iglesia destaca el papel irremplazable de los laicos en la transformación de la sociedad. Está tomado de una ponencia introductoria a la Asamblea de Medellín, en 1968, que fue publicada después en la revista Teología de nuestra Facultad de Villa Devoto.

“Toda la Iglesia se hace presente en el mundo. Es toda la comunidad cristiana la que se vuelve signo de la presencia del Señor (Ad Gentes, n.15). Pero urge particularmente a los laicos –por su esencial vocación secular– expresar esta presencia salvadora del Señor en las ordinarias condiciones de su vida familiar y social, en todas y cada una de las actividades y profesiones. «Cada laico debe ser ante el mundo testigo de la Resurrección y la Vida de Nuestro Señor Jesucristo y signo del Dios verdadero» (Lumen Gentium, n.38). Esto exige un compromiso fundamentalmente evangélico con el mundo, dentro del cual el laico –«consagrado a Cristo y ungido con el Espíritu Santo» (ibid., n.34)– se hace fermento o levadura de Dios y realiza su vocación específica de «buscar el Reino de Dios, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos, según Dios» (ibid., n.31)” (Teología 13(1968)151).

Cierro la presentación de la dimensión misionera, orando nuevamente con sus palabras, tomadas esta vez de la predicación de Ejercicios Espirituales a unas religiosas en Granada, en 1984:

“Señora del Cenáculo, Madre de la Iglesia, tú que presidiste en el amor la oración de los apóstoles y la espera del Espíritu Santo, enséñanos a vivir y a gustar el misterio de la Iglesia.

Enséñanos a engendrar la Iglesia como tú, desde nuestro corazón lleno de fe. Enséñanos tu oración silenciosa y tu disponibilidad al Espíritu para saber orar con los apóstoles en comunión eclesial; para saber acompañar a la Iglesia desde dentro, como tú; para que por nuestro sí la Iglesia, vaya creciendo en fidelidad, en comunión, en santidad. Amén” (La humilde servidora del Señor. Madrid, Inst. Teológico de Vida Religiosa, 19862, p.102).

Dejamos así la última palabra al siervo de Dios. Es todo. Sólo quise prestarle mi voz.

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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