Homilía del obispo monseñor Marino, en el Domingo de Ramos

“Mira que tu Rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna”

(Mt 21,5; Zac 9,9)

Homilía del Domingo de Ramos

Catedral de Mar del Plata, 9 de abril de 2017

Queridos hermanos:

Con la bendición y procesión de los ramos, hemos dado inicio a la Semana Santa, en la cual concentramos nuestra mirada en los misterios de nuestra salvación. Entramos en un tiempo santo por excelencia.

Hemos evocado, en primer lugar, el ingreso de Jesús en la ciudad santa de Jerusalén. Antes de entrar, Jesús se detuvo en el monte de los Olivos, donde montó en un asna que pidió prestada. Entonces, dice el evangelista, “la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas” (Mt 21,8). Jesús es rodeado por una multitud que entrará con Él en Jerusalén. Se trata de peregrinos galileos que seguramente lo conocen, y que acuden a la ciudad para preparar la fiesta de Pascua. Es aclamado y reconocido como “Hijo de David”, como el Rey Mesías esperado.

El Evangelio de San Mateo, ha visto en esta entrada de Jesucristo en Jerusalén el cumplimiento de lo anunciado siglos antes en el libro del profeta Zacarías: “Digan a la hija de Sión: Mira que tu Rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga” (Mt 21,5; cf. Zac 9,9). El evangelista ha interpretado el gesto: Jesús no entra como el resto de los peregrinos, de a pie, sino montado como el rey mesiánico de la profecía. Pero al mismo tiempo, se trata de un rey humilde, cuya montura son los simples mantos de los discípulos. En Jesús se unen la majestad de quien es Señor (Mt 21,3) y la humildad del Servidor (Flp 2,7).

También nosotros, con nuestros cantos y aclamaciones, hemos querido reconocer a Jesús como el Salvador de nuestras vidas y esperanza del mundo entero. Lo hicimos con santo entusiasmo, pero debemos comprometernos a sostener nuestra fe en Él mediante nuestro compromiso cotidiano.

Los ramos benditos que llevamos deben servirnos de recordatorio y estímulo. Son un recuerdo que nos invita a seguir a Jesús en medio de la vida de cada día, con sus oscuridades y pruebas, con sus gozos y esperanzas.

Por eso, esta Misa tiene un doble carácter: el triunfo y la pasión. Evocamos el ingreso triunfal de un Mesías que, sin embargo, poco después, será resistido y odiado, maltratado, muerto y sepultado.

Aclamar a Jesús como Rey Mesías Salvador, significa entender que debemos ir por su mismo camino: por la cruz a la gloria, por el camino estrecho a la vida en plenitud, por la puerta angosta al gozo inimaginable de la resurrección.

Él se mostró siempre abierto a la voluntad del Padre. Su triunfo pasa por el amor obediente a Aquél que lo envió, y por eso le oímos decir: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,39). Su victoria se muestra igualmente en el amor y la conciencia con que acepta su muerte ofrecida por nosotros: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados” (Mt 26,28).

La vida cristiana no da primacía al sufrimiento sino al amor. Ante los males que Dios permite en nuestra vida y en la del prójimo, respondemos con nuestra apertura a la voluntad divina, procurando el alivio y el remedio hasta la frontera de lo posible. Pero si nuestro sufrimiento es inevitable y se une al de Cristo, se vuelve fecundo como el grano de trigo que cae en tierra para multiplicarse. Se trata de una realidad universal que debe ser ocasión para que se muestre la fuerza fecunda de nuestro amor.

Vivamos estos días con la mejor disposición espiritual. Intensifiquemos nuestra oración, participemos en las ceremonias litúrgicas y dejémonos impresionar por su mensaje y su belleza. No nos olvidemos de los enfermos. Es preciso orar por ellos, pues prolongan la pasión del Señor. Los exhorto especialmente a practicar la misericordia con gestos y formas de colaboración en iniciativas parroquiales y diocesanas de ayuda a los hermanos necesitados.

Que la Virgen dolorosa nos enseñe fortaleza en la fe y nos alcance de su Hijo la gracia de seguirlo hasta el final.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía del Domingo de Ramos 17.docx

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