Homilía de monseñor Marino en la Misa crismal

“El Señor te consagró con el óleo de la alegría”

(Sal 44,8)

Homilía de la Misa Crismal

Catedral de Mar del Plata, 12 de abril de 2017

Queridos hermanos:

En la Misa Crismal “el obispo realiza la bendición del óleo de los enfermos, del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma”. Las rúbricas del Misal Romano también afirman: “Esta Misa, que el obispo concelebra con su presbiterio, expresa la comunión que existe entre los presbíteros y su obispo”.

I. El aceite que alegra, honra, sana y consagra

En la Biblia, encontramos diversas unciones. Ungir con aceite perfumado podía ser signo de alegría, como leemos en el libro de los Proverbios: “El aceite perfumado alegra el corazón” (Prov 27,9). También de respeto y honor. Tanto la mujer pecadora, en casa del fariseo Simón (Lc 7,38), como María, la hermana de Lázaro (Jn 12,3), ungen los pies del Señor con perfume. María lo hizo con nardo puro, valuado en trescientos denarios ¡valor próximo al salario de todo un año! Ante el desbordante favor divino el Salmista expresa gratitud: “Tú unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa” (Sal 22[23],5).

La unción con aceite también podía ser signo de sanación física o espiritual. Por eso, de las heridas de Israel se dice en el libro de Isaías “que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite” (Is 1,6). El buen samaritano de la parábola se detendrá a cuidar al hombre caído ungiendo sus heridas con aceite (cf. Lc 10,34). Como leemos en el Evangelio de San Marcos, los apóstoles enviados por Jesús “fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo” (Mc 6,12-13). Estas unciones realizadas por los apóstoles son el fundamento del rito de unción de los enfermos que será común en la Iglesia. Por eso, el apóstol Santiago dice en su carta: “Si alguien está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados” (Sant 5,14-15).

Pero la mayor parte de las unciones que encontramos en la Biblia son relativas a ritos de consagración, bien sea de cosas, como por ejemplo el altar, que por la unción pasará a ser una realidad santísima (Ex 29,36-37); o bien, de personas como los reyes y sacerdotes.

II. Unción real, sacerdotal y profética

Saúl (1Sam 10,1) y David (1Sam 16,13), fueron ungidos por el profeta Samuel. De ahí en adelante, los reyes de Israel, ungidos por los profetas o por los sacerdotes, pasaban a ser los ungidos del Señor y participaban de su espíritu. Ante el fracaso de la monarquía, Israel vivirá en la esperanza mesiánica de un Rey, que sería el Ungido como un nuevo David. ElSalmo 2, que celebra la entronización del rey, será leído en la tradición bíblica en esta perspectiva. Laprimera comunidad cristiana, como lo atestiguan los Hechos de los Apóstoles (cf. 4,25-27), lo interpretará del triunfo de Cristo por su resurrección.

Además de los reyes, también eran ungidos los sacerdotes, principalmente el sumo sacerdote (Lev 4,5). No así los profetas, pues cuando se habla de su unción, ésta se entiende en sentido espiritual ymetafórico. Y tal es el sentido del texto que se repite hoy en la lectura de Isaías en labios de Jesús: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61,1; cf. Lc 4,18).

III. Cristo, el Ungido

El misterioso profeta añade poco más adelante que ha sido enviado “a cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza” (61,3). Como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús lee la parte inicial de este texto en la sinagoga de Nazaret y lo interpreta aplicándoselo a sí mismo. Igualmente en el Salmo 44 oímos decir del Rey Mesías, el día de su boda: “el Señor, tu Dios (…) te consagró con el óleo de la alegría” (Sal 44[45],8). La Carta a los Hebreos aplicará a Cristo estas mismas palabras (cf. Heb 1,9), y de este modo deja abierto el camino a la interpretación nupcial del vínculo entre Cristo y la Iglesia su esposa, que desarrollará San Pablo (Ef 5,23). La tradición espiritual lo prolongará en el desposorio entre Cristo y el alma.

Como podemos comprobar en el régimen sacramental de la Iglesia, a través de la materia empleada en los ritos sacramentales, la invisible gracia divina, que nos sana y santifica, llega a nosotros mediante signos visibles. Esta es la pedagogía de Dios. Jesús, a quien confesamos como su Hijo eterno hecho hombre para salvarnos, es el Ungido de Dios, según su humanidad. Por eso, lo llamamos “Cristo”. Pero no ha necesitado de una unción exterior como la nuestra,porque “su divinidad era el ungüento sagrado que ungía su humanidad, no por operación, sino por presencia del mismo que unge” (San Gregorio Nazianceno, Orationes 30, 21). Desde el instante en que comienza a ser hombre en el seno de la Virgen, su naturaleza humana esta colmada de la presencia y los dones de gracia del Espíritu Santo, en plenitud insuperable. Él es el “Santo de Dios” (Jn 6,69), a quien “Dios le da el Espíritu sin medida (Jn 3,34). “De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1,16).

IV. La unción de los cristianos

De esta plenitud de gracia y de unción espiritual, que Él posee en cuanto Cabeza del cuerpo eclesial, participamos todos los cristianos. Por eso, dice San Pablo: “Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu” (2Cor 1,21-22).

Antes de referirme en forma más específica a los sacerdotes en su día, he querido enmarcar el ministerio sacerdotal dentro de la visión grandiosa donde el Ungido por excelencia, Jesucristo, nos incluye a todos para formar un pueblo sacerdotal, real y profético. El interés no es la erudición sino la edificación, para queal tomar mayor conciencia de la dignidad común, se encienda más la unción de la que habla San Juan en su primera Carta: “la unción que recibieron de Él permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Y ya que esa unción los instruye en todo y ella es verdadera y no miente, permanezcan en Él, como ella les ha enseñado” (1Jn 2,27).

El sacerdocio ministerial está ordenado como servicio al sacerdocio común de los fieles, que se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal. Como enseña el Concilio Vaticano II: “aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al otro; […] ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo” (LG 10).

V. Ungidos con óleo de alegría, al servicio de una fiesta nupcial

A la luz del panorama que hemos presentado, podemos caracterizar al servicio que presta el sacerdocio jerárquico como “ministerio de una fiesta”. Fiesta de bodas entre Cristo y la Iglesia, entre nuestro Salvador y el alma de cada bautizado. Esta es nuestra fiesta y para eso fuimos ungidos con óleo de alegría. El ministerio sacerdotal debe ser servicio que suscita y fomenta este encuentro nupcial. Para lo cual debemos sentirnos llamados a contagiar alegría.

Queridos hermanos sacerdotes: nuestras parroquias e instituciones, y en ellas hombres y mujeres de todas las edades, reclaman nuestra alegría, la necesitan y tienen derecho a ella. No se trata de una alegría cualquiera y superficial, sino de aquella que brota de la fidelidad de un corazón convencido de que Cristo es su fuente y que bien vale la pena consagrarle toda la vida como sus servidores.

A los que están tentados por el desaliento, por sobrellevar un doloroso combate interior, lo mismo que a los que sienten el peso de una enfermedad o se encuentran limitados en razón de su edad, a todos les digo que Cristo los acompaña en su lucha, quizás vivida en soledad, y desciende hasta el fondo de sus desolaciones para dar fecundidad a la experiencia de la cruz.

A los párrocos y sacerdotes que atienden los fines de semana varias capillas, y se esmeran por llegar a tiempo y cubrir las numerosas necesidades espirituales de nuestra gente, quiero hoy particularmente honrarlos y decirles una palabra de especial felicitación y aliento. Ustedes son portadores de Vida. Ustedes son reflectores de la luz que es Cristo, para que los hombres no tropiecen en las tinieblas. Ustedes ejercen un ministerio de gloria, aunque no se publicite ni aplauda. Lo ve el Señor y eso les basta.

A los queridos seminaristas aquí presentes les dirijo una palabra de afectuosa exhortación. Prepararse para el sacerdocio es estar dispuestos a sostener la alegría en medio de pruebas y dificultades exteriores e internas. Esto es don que deben pedir desde ahora. A todo el Pueblo de Dios, aquí presente, pido una oración por su perseverancia; y también por el aumento de las vocaciones que nuestra diócesis necesita.

El cristianismo es Evangelio, Buena Noticia, alegría verdadera en el Señor. Dicen las crónicas que el Santo Cura Brochero, tras el acostumbrado saludo “Ave María Purísima” y la habitual respuesta, añadía al entrar en una casa: “¡Acá vengo a traerles música!”

En uno de los últimos escritos marplatenses, Mons. Pironio escribía sobre la alegría cristiana: “sólo se puede hablar bien sobre la alegría desde el corazón de la cruz. Un hombre que sufre tiene siempre la experiencia del amor: y la alegría –lo dice San Pablo y lo analiza Santo Tomás– es fruto del Espíritu de amor (Gal 5,22) y el primer acto interno de la caridad (ST II-II q.28 a.1)” (Escritos marplatenses IV, p.43).

Que la Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote, nos ayude con su ejemplo y nos socorra con suintercesión, a fin de que nada ni nadie nos quite la alegría.

Con mi afecto y mi bendición de padre y pastor.

 Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Misa Crismal 2017.docx

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