Homilía de monseñor Marino en la celebración del Viernes Santo

“Tengo sed”

(Jn 19,28)

Homilía del Viernes Santo

Catedral de Mar del Plata, 14 de abril de 2017

Queridos hermanos:

Las lecturas bíblicas y el relato de la pasión que hemos escuchado ponen en primer plano el reverso de un misterio que se resolverá en un triunfo desconcertante. El Viernes Santo la Iglesia concentra su mirada en un drama de sufrimiento y de muerte, de humillación y fracaso humano.

Isaías nos habla de la pasión y muerte de un Servidor paciente y obediente, que sin embargo triunfará, aunque Dios parece intervenir demasiado tarde (cf. Is 52,13-53,12). La Carta a los Hebreos nos invita a ir a Cristo, Sumo Sacerdote compasivo por haber experimentado “las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4,15). En el relato de la pasión según San Juan, Jesús reconoce que es rey (Jn 18,37), pero su condición real y su Reino no son de este mundo (Jn 18,36).

Aquí está el núcleo del mensaje de este día. Dios nos muestra el camino de obediencia y de humillación seguido por el Servidor antes de triunfar y de hacernos participar de su victoria. Cristo, Sumo Sacerdote lleno de misericordia, es garantía de “alcanzar la gracia de un auxilio oportuno” (Heb 4,16) porque previamente “aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer” (Heb 5,8). Cristo establece su reinado dando testimonio de la verdad (Jn 18,37) y cumpliendo hasta el final la voluntad del Padre: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30).

El camino seguido por Cristo ha de ser el nuestro. Él nos abrió el camino que nos lleva al cumplimiento de nuestros anhelos más profundos. “Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mt 7,14). El mismo que abrió el camino nos socorre con su gracia: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Jesús nos atrae y convierte por la fuerza de su amor, sin anular por eso nuestra libre decisión.

Desde lo alto de la cruz exclamó: “Tengo sed” (Jn 19,28). Es la sed que atormenta a un crucificado que se desangra. Pero es también algo mucho más profundo. Algo semejante había sucedido cuando pidió a la samaritana que le diera de beber. Jesús vino para revelarnos el amor de Dios no sólo con palabras sino con su vida y sus gestos. El que pidió de beber nos regaló el agua del Espíritu Santo. El amor pide amor, quiere que se crea en Él y encontremos la vida verdadera.

Si necesitamos luz, aceptemos primero pasar por la oscuridad, sostenidos por la fe. Si queremos plenitud de vida, no rechacemos las cruces del camino cuando son inevitables; antes bien, aprendamos a abrazarnos a la cruz de cada día como nos enseña el Señor: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,23-24). Si deseamos que nuestra vida sea fecunda y llena de valor, aceptemos primero la lógica fundamental que nos enseña el Señor: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Dios tiene tiempos que no son los nuestros. Es verdad que el sufrimiento humano es un misterio muy oscuro y querer esclarecerlo con criterios puramente humanos, a fuerza de razonamientos, es un intento que a nadie convence. Pero si miramos con fe a Cristo crucificado todo cambia. La contemplación del creyente comienza por el silencio. El que cree es capaz de empezar por allí. Se trata de hacer espacio para que lo ocupe el que es la Palabra o Verbo de Dios. Así lentamente podremos recibir una luz para entender que hay alguien que asumió no sólo mi dolor y mi angustia, mi desolación y desconsuelo, sino que libremente quiso descender hasta el fondo del dolor y de la miseria de todos los hombres de la historia, para abrir un camino de esperanza y de victoria.

Si el Señor nos regala esta experiencia, la paz se abrirá cauce en nuestro corazón como un río, y así podremos también ayudar a otros para que se encuentren con el Señor que la ha prometido: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Hoy unidos a toda la Iglesia, abrimos nuestro corazón en oración universal por los hermanos de nuestra patria y del mundo. Por pedido de la Santa Sede, oramos especialmente por los cristianos de Medio Oriente, que sufren persecución por su fe y se ven obligados a abandonar su territorio. No sólo oramos. La colecta de hoy, como es tradicional desde el beato Papa Pablo VI, está destinada a mantener la fe y socorrer a los cristianos de Tierra Santa. Esta ayuda llega también a los cristianos de Egipto, Jordania, Chipre, Líbano, Etiopía, Eritrea, Turquía, Irán, Siria e Irak, expuestos cada día a la muerte en lugares que han sido la cuna del cristianismo.

Concluyo invitándolos a guardar en la memoria estas palabras de Cristo crucificado dirigidas a su madre y al discípulo amado que nos representa a todos: “Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27). Lo mismo que el discípulo amado, recibamos a María en nuestra casa para que nos enseñe la sabiduría de la cruz.

+Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía del Viernes Santo 17.docx

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