Homilía de nuestro obispo en el día del Buen Pastor

“Él llama a cada una por su nombre”

(Jn 10,3)

Homilía en el IV domingo de Pascua

Catedral de Mar del Plata, 7 de mayo de 2017

Día del Buen Pastor

En el 4º domingo de Pascua Jesús se presenta como el Buen Pastor, lleno de fortaleza, que cuida y alimenta a las ovejas. Él da su vida por ellas, para que éstas, a su vez, tengan Vida en abundancia. Él las conoce a cada una por su nombre, y las cuida con amor.

En las actitudes y enseñanzas de Jesús, la pertenencia al rebaño, no se opone al encuentro íntimo y personal con él. Son muy numerosos los pasajes que nos muestran a Jesús prestando atención misericordiosa personalizada. La imagen del rebaño no implica un amor indistinto y genérico. No nos ama en muchedumbre; para él no somos número. El mismo Jesús que habla y dedica su tiempo a las multitudes, recibe y atiende personalmente a cada uno de los que con fe se acercan a él. Si por un lado, el desvelo de Jesús es la unidad del rebaño, por otro no caben dudas de que establece un conocimiento mutuo entre él y sus ovejas, semejante al que se da entre el Padre y él. Intimidad personal con Jesús, comunión fraterna entre nosotros y participación en la vida trinitaria, son inseparables.

A diferencia de las personas muy importantes y ocupadas de este mundo, Jesús atiende personalmente las veinticuatro horas del día. Jesús quiere siempre nuestro bien. No debemos olvidar estas palabras de Jesús: “Yo he venido para que las ovejas tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Él nos invita a un trato frecuente y confiado.

Pero también nos invita a través de pastores humanos, que nos ayudan a encontrarnos con Él, a reconciliarnos con Dios y poner en paz nuestra conciencia. Aquí nos encontramos con un hecho innegable que consiste en la escasez de vocaciones de especial consagración dentro de la Iglesia. Y esto nos lleva a reflexionar hoy de manera especial, puesto que todos los años el IV domingo de Pascua es llamado Domingo del Buen Pastor.

La ausencia o escasez de vocaciones causa tristeza a la Iglesia. El único remedio es el indicado por el Señor: orar y actuar.

Todos debemos sentirnos implicados en la inquietud vocacional. El Obispo, en primer lugar, quien mira, con cierta angustia y con esperanza a la vez, las necesidades pastorales y los vacíos de presencia de operarios apostólicos en el vasto territorio de la diócesis. Los sacerdotes y consagrados, que deben prestar atención a los jóvenes para saber orientarlos por los variados caminos del Señor e irradiar entusiasmo y alegría. Las familias que deben educar a sus hijos en el respeto y aprecio por las vocaciones de especial consagración a Dios. Los catequistas y agentes pastorales que deben transmitir conocimiento sobre las diversas vocaciones en la viña del Señor. Las parroquias, movimientos e instituciones. Los mismos jóvenes, que deben tomar conciencia de su responsabilidad intransferible.

Ante la escasez manifiesta de vocaciones en distintas partes del mundo y en nuestra diócesis en particular, buscamos entender la lógica de Dios que nos llama a construir la historia en alianza con nosotros, para lo cual elige a algunos a quienes asigna una misión especial y les pide una entrega completa de su tiempo y de su corazón. Resulta para nosotros misterioso que Dios quiera llevar adelante su plan con lógica de pobreza y escasez de recursos humanos, a través de personas limitadas no sólo en número sino en sus cualidades humanas.

Debemos por tanto partir de las bases sólidas que nos brinda la Palabra de Dios, en busca de inspiración. Las Sagradas Escrituras, continuamente leídas y meditadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, han dado origen a la corriente espiritual que nos sirve de guía para intentar soluciones.

La primera solución que nos propone Jesús en el Evangelio es la oración. Ante un enorme campo sembrado y ya listo para la cosecha, resultan muy pocos los trabajadores: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9,38). Es por tanto un compromiso de los ministros de la Iglesia rezar y hacer rezar a todo el pueblo de Dios por esta intención. No sólo en forma privada sino comunitaria.

La oración nos une a Cristo y nos sumerge en el designio de Dios. Si dejáramos de lado la oración en esta materia ¿cuál sería la fecundidad de la Iglesia? “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

Con sencillez de términos y en estilo directo lo dice nuestro Papa Francisco: “Detrás y antes de cada vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, de un abuelo, de una madre, de un padre, de una comunidad… Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y sólo en la oración pueden perseverar y fructificar” (21 abril 2013).

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Domingo 4º Pascua-Buen Pastor.docx

Anuncios