Homilía de monseñor Marino en el Te Deum del 25 de mayo

La Patria, don de Dios y tarea nuestra

Homilía en el Te Deum del 25 de mayo de 2017

Catedral de Mar del Plata

A doscientos siete años de aquel 25 de mayo de 1810, día en que la Primera Junta se constituía como el primer gobierno patrio, nos reunimos en el ámbito de esta catedral de Mar del Plata para pedir a Dios el don de sus bendiciones sobre nuestra nación y nuestra ciudad, sobre sus autoridades y todo el pueblo argentino.

Los hombres de la Primera Junta hicieron su juramento delante de la imagen del crucifijo y de los Santos Evangelios, y a las pocas horas ya habían determinado celebrar el acontecimiento con un solemne Tedéum en la catedral de Buenos Aires. De este modo, nos situamos en línea con la tradición ininterrumpida desde aquel día hasta hoy.

En el lenguaje periodístico y popular, se suele hablar de un tedéum, como de un oficio religioso que se celebra en ciertas fiestas patrias, contando con la concurrencia de las autoridades civiles. Pero más propiamente ¿qué es el tedéum? Se trata de un himno cristiano de alabanza, muy antiguo, de contenido semejante al del Gloria de la Misa. La fecha de composición se ubica entre finales del siglo IV y principios del V.

Nuestra Patria nació con una identidad cultural en cuyo centro estuvo la fe católica. Podemos decir que el himno Te Deum laudamus arrulló su cuna y celebró el germen de su autonomía, primero en la Catedral de Buenos Aires, y luego acompañó la declaración de su independencia, en Tucumán.

La Patria es un don de Dios. Felices, y santamente orgullosos de nuestra identidad, volvemos a decir con las palabras del Te Deum: “A ti, oh Dios, te alabamos. A ti, Señor, te reconocemos”.

Pero la Patria es también una tarea y un compromiso. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” (CCE 2239).

Sabemos que, lo mismo que en la voluntad de constituir una familia o una comunidad, no basta con el compromiso solemne inicial, sino que el mismo debe ser cotidianamente asumido y periódicamente renovado y celebrado; en forma análoga, la voluntad de ser nación implica el reconocimiento de una identidad que perdura en el tiempo y que se renueva en las cambiantes circunstancias y dificultades del camino.

Dentro de un legítimo pluralismo debe existir una base común de valores profundos reconocidos y aceptados por todos, como la sensibilidad hacia los más desprotegidos, el respeto irrestricto a la vida, la capacidad de diálogo, la primacía del bien común sobre el interés particular, el cuidado de la creación, la custodia del orden puesto por Dios en la naturaleza de las cosas, la voluntad de reconciliación…

Los cristianos no podemos renunciar a las palabras “reconciliación” y “perdón”, porque pertenecen a la esencia del Evangelio. Sólo podemos explicarlas a las partes en conflicto. Cada día imploramos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Pedir perdón, experimentar el perdón, y perdonar. Aquí está el secreto de nuestra grandeza. Es cuestión de entender. Si todo es diferencia y confrontación, el tejido social se despedaza y reinan la crispación permanente y el deseo de venganza. Por eso, en una de las Plegarias Eucarísticas la Iglesia reza así: “que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la concordia (…), que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo” (Reconciliación II).

A la Virgen Santísima, patrona de nuestra Patria, que acompaña nuestros pasos desde nuestra prehistoria, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, encomendamos nuestros esfuerzos y los anhelos de una patria fundada en la sólida roca de las palabras de Cristo.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Te Deum 25-V-2017.docx

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