Homilía de monseñor Marino en la ordenación diaconal de Gustavo Garzón

“Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura”

(1Tim 3,9)

Homilía en la ordenación diaconal de

Nicolás Gustavo Garzón

Catedral de Mar del Plata, 26 de mayo de 2017

Queridos hermanos:

En esta Santa Misa, la diócesis de Mar del Plata recibe como un don la ordenación diaconal del hasta ahora acólito Gustavo Garzón. Esto acontecerá por la imposición de mis manos y la plegaria que otorga la gracia del Espíritu Santo. Motivo de gran alegría, por tanto, y de gratitud a Dios por este signo de su bondad.

Mediante esta ordenación se recibe un sacramento por el cual “se obtiene la incorporación al estado clerical y la incardinación a una diócesis” (cf. CIC 266 §1). Para hablar más concretamente, el hasta hoy laico se convierte definitivamente en clérigo, en el grado inferior de la jerarquía eclesiástica, y queda incardinado a esta diócesis de Mar del Plata. Esta terminología de la incardinación está significando el carácter servicial del ministerio ordenado. No se es clérigo, diácono o presbítero al margen de un vínculo de comunión y obediencia dentro de una Iglesia particular y en relación con un obispo.

En tu caso, querido Gustavo, el diaconado como grado de la jerarquía será una etapa transitoria en tu itinerario vocacional, puesto que estás cursando el octavo año de un camino que, bajo la tutela de la Iglesia y con su aprobación, te va conduciendo a la meta final del sacerdocio. Sin embargo, el diaconado te confiere una gracia y unas facultades que no serán sustituidas sino ampliadas con el presbiterado.

La palabra que más se conjuga con el estado diaconal es la del servicio. Servicio del obispo, en primer lugar, como dice San Hipólito en su célebre Tradición apostólica (8); servicio de colaboración con el orden sacerdotal; y servicio al pueblo cristiano. Esta actitud servicial encuentra su ámbito propio en relación con la Palabra divina, con el altar eucarísticoy las diversas formas de culto que la Iglesia enumera,y con las múltiples formas de obras caritativas enfavor de los pobres.

San Pablo en el texto de la Primera Carta a Timoteo, que hemos escuchado, pide a los diáconos la integridad moral que corresponde al que es depositario y administrador del “misterio de la fe”: “Los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura” (1Tim 3,8-9).

La expresión “misterio de la fe” antes de la reforma litúrgica estaba intercalada en las palabras pronunciadas sobre el cáliz. Es equivalente a otra que menciona más adelante: “misterio de la piedad” (3,16) y significa el misterio de Cristo y su obra redentora, o sea todo el cuerpo doctrinal cristiano. Esta expresión ha inspirado nuestra actual aclamación eucarística: “Éste es el misterio de la fe”, en cuanto que todo el contenido del Credo cristiano está condensado en el sacramento del sacrificio redentor.

En forma directa y explícita en el pasaje paulino, no vemos que esté vinculada con la Eucaristía. No obstante, algunos escritores eclesiásticos de la antigüedad, y también modernos, al comentar estas palabras han puesto en relación ambos términos, hecho en el cual ha influido probablemente la referencia a los diáconos a quienes pertenecía administrar la comunión con el cáliz de la sangre del Señor.

Más allá de interpretaciones de detalle, es claro que ya desde diácono y por siempre deberás conservar y administrar este “misterio de la fe con una conciencia pura”. Esta será tu gloria y la causa principal de tu unidad de vida.

En coherencia con lo que venimos diciendo, te interrogaré dentro de instantes con estas palabras del Pontifical Romano: “¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia, como enseña el Apóstol, y proclamar esta fe con la palabra y las obras, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?”.

Por esta ordenación y con decisión madura, en cuanto candidato al sacerdocio, libremente asumirás el celibato, como compromiso perpetuo de vida, entregando tu corazón y tu tiempo al servicio exclusivo de Cristo y de su Iglesia. Renunciarás a formar una familia, pero no renunciarás a amar, sino que el Señor te confiará otra familia en la comunión eclesial.

El diálogo se detendrá también en tu compromiso de tener un “espíritu de oración”, que ha de ser como el aire que respiramos, especialmente a través del rezo fiel de la Liturgia de las horas por la Iglesia y por todo el mundo.

El respeto y obediencia que prometes en esta hora a tu obispo actual y a los que en el futuro tendrás, ha de ser signo de comunión y parte integral de tu vida y tu espiritualidad.

Tu respuesta a las preguntas de este diálogo será un gozoso compromiso en el que te sentirás socorrido por la gracia divina y por la intercesión de la Iglesia.

Todas estas promesas tienen su modelo y fuente, en última instancia, en Jesucristo nuestro Maestro y Señor, quien afirmó de sí mismo que “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (10,45).

Este mismo Maestro y Señor nos advierte, según el Evangelio de San Juan que hemos escuchado: “El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre” (Jn 12,26).

Este acontecimiento toca las fibras de la Iglesia y agudiza la conciencia comunitaria de estar participando de un acontecimiento que interpela a todos, puesto que a todos debe mover a asumir con mayor compromiso la misión evangelizadora señalada por Cristo, desde el rol que la Providencia nos ha asignado en ella.

A la Virgen Santísima que ante el anuncio del ángel se definió a sí misma como “la humilde servidora del Señor”, encomiendo junto con todos los presentes la fecundidad de tu ministerio en la Iglesia.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía diácono Garzón 2017.docx

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