Homilía de monseñor Antonio Marino en el Corpus Christi

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”

(Jn 6,51)

Homilía en la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Catedral de Mar del Plata, 17 de junio de 2017

Queridos hermanos:

I. Pan en el desierto

Acabamos de escuchar un fragmento del discurso sobre el Pan de Vida. Sabemos que después del milagro de la multiplicación de los panes, la multitud entusiasta quiso proclamar a Jesús como rey. Pero Él no aceptó que confundieran el sentido de su mesianismo, y “se retiró otra vez solo a la montaña” (Jn 6,15). Al día siguiente, se dejó encontrar en la sinagoga de Cafarnaún, donde pronunció estas palabras de las cuales vive la Iglesia.

Al comienzo del pasaje, Jesús se identifica como pan bajado del cielo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51); y lo mismo dice al final: “Este es el pan bajado del cielo” (Jn 6,58). De este modo, se está comparando con el maná, el alimento providencial que Dios procuró al pueblo de Israel durante la dura marcha por el desierto.

Pero al mismo tiempo nuestro Salvador establece una diferencia: “El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6,51); porque, en efecto, este pan es distinto, y por eso repite al final: “no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6,58).

De los acontecimientos del éxodo, la marcha por el desierto, y el don del maná, dirá San Pablo en la primera Carta a los Corintios: “Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección” (1Cor 10,11; cf. 10,6). La liberación que nos trae Jesucristo es más profunda y decisiva que la que Dios obró bajo la guía de Moisés al sacar al pueblo de la esclavitud de Egipto y guiarlos por el desierto hasta la tierra prometida. Más dura que la esclavitud de Egipto es la esclavitud del pecado que anida en nuestro corazón, pues como nos enseña el último Concilio: “En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano” (Gaudium et spes 10).

El pecado es el desequilibrio fundamental que tiene raíces poderosas en nuestro corazón. De él quiere liberarnos el Hijo de Dios invitándonos a seguirlo por un camino que abarca la vida entera, instruidos por sus enseñanzas y socorridos por su gracia.

Nuestra decisión de seguir a Cristo no nos ahorra ni la fatiga ni los peligros ni los combates. El camino que media entre nuestro bautismo y el ingreso en la vida eterna resulta árido y son pocos los oasis que podemos encontrar. El tiempo puede transcurrir en la nostalgia difusa de algo muy distinto que no sabemos nombrar. Aunque no atravesemos un desierto físico, nuestro caminar por la vida nos somete a tentaciones y rebeldías, a descontentos y pruebas muy variadas que hacen salir a superficie no sólo lo bueno y noble que llevamos dentro, sino también lo peor y más deplorable de nuestra bajeza y desorden.

II. “Mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51)

En esta marcha por nuestro desierto existencial, Jesús desea darnos un alimento restaurador de nuestras fuerzas desgastadas. Más aún, Él mismo se identifica con ese alimento. Nos propone comer su carne y beber su sangre, vale decir, alimentarnos con aquel amor que hizo de Él una ofrenda inmolada agradable al Padre y ofrecida por nosotros: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).

Jesús nos ofrece Vida. Es su propia Vida. Es Vida eterna, iniciada en el tiempo como germen de resurrección: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). La comunión eucarística –no debemos olvidarlo– es anticipo de la salvación definitiva que integra nuestro cuerpo, transformándolo en un cuerpo glorioso como el de Cristo resucitado.

Se trata de entrar en comunión con Él, cuya Vida es la misma Vida del Padre: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,56-57). La Eucaristía, al hacernos participar de la vida filial de Cristo, nos lleva al centro de la Vida trinitaria, puesto que la comunión de vida entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo.

La profunda comunión con Cristo que se establece mediante este “pan bajado del cielo” es inseparable de la comunión entre nosotros, a quienes la Eucaristía reúne para fortalecer la unidad de la Iglesia. Al reflexionar sobre la profundidad de lo que acontece en la Cena del Señor, dice San Pablo: “El pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10,16-17).

Para esto vino Jesucristo: “para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). La enseñanza que el apóstol San Pablo quiso inculcar a los corintios es ésta: el único pan eucarístico se parte en pedazos y se distribuye, a fin de que los hombres que están divididos en facciones y partidos, aprendan a tratarse como hermanos y reconocerse miembros del mismo Cuerpo eclesial.

Vale esta enseñanza, en primer lugar, en el interior de la misma Iglesia, donde la ley fundamental es la unidad en la verdad y en la caridad. La Eucaristía ha sido desde el comienzo una gran escuela de unidad interna, como dice un himno litúrgico: “Ya que estamos exteriormente congregados, cuidémonos de estar interiormente divididos” (Ubi caritas). Pero no menos es la fuente de donde surgen las energías que impulsan a la Iglesia en su misión. De ella se nutrían las comunidades primitivas y en ella estaba el secreto de su expansión misionera.

III. “Comunidades orantes, fraternas y misioneras” (Card. Pironio)

En este año en que celebramos el sexagésimo aniversario de nuestra existencia como diócesis, nos sentimos interpelados por Cristo: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). La Eucaristía nos recuerda nuestra razón de ser: existimos para anunciar, para salir y “ofrecer a todos la vida de Jesucristo” (Papa Francisco, Evangelii gaudium 49). Como los apóstoles debemos decir: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

De la misión recibida por los apóstoles participamos en diversa función y medida todos los miembros de la Iglesia. El sacramento eucarístico nos compromete a la misión acompañando el anuncio explícito de Cristo con el testimonio de la caridad.

Creemos con fe firme en la presencia real de Cristo en el pan eucarístico. Esta misma fe nos lleva a interrogarnos si nuestra comunión frecuente produce los efectos que producía en los apóstoles y en los discípulos de Emaús, cuando Cristo les explicaba las Escrituras y partía para ellos el pan: “Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 24,30-31).

Si de verdad “queremos ser comunidades orantes, fraternas y misioneras”, según la feliz expresión del siervo de Dios, cardenal Pironio, dejemos que el Señor Jesús abra nuestros ojos con la luz del Espíritu Santo y procuremos reconocer su presencia en el prójimo necesitado. Afortunadamente, muchas iniciativas de la Iglesia diocesana dan testimonio cotidiano de real compromiso de caridad. A todos bendigo y aliento a seguir creciendo más y más.

Finalmente, la Eucaristía nos apremia a trabajar por la amistad social y por el encuentro entre los enemigos. No podemos renunciar a palabras como reconciliación y perdón mutuo, sólo podemos explicarlas en su justo significado. Porque no podemos prohibir rezar el Padrenuestro donde decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ni podemos excluir la Plegaria eucarística donde deseamos: “que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la concordia (…), que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo” (Reconciliación II).

A la Virgen Santísima, que nos tajo la hostia que nos reconcilia, le pedimos el auxilio de su intercesión.

Al desearles que sea éste un día de gozo espiritual y de renovado compromiso cristiano, los invito a decir juntos: “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar. Sea por siempre bendito y alabado”.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

Homilía Corpus 2017.docx

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