Homilía de monseñor Marino en la misa de la Semana Social

Semana social 2017

“Es más lo que nos une que lo que nos divide”

“No teman”

(Mt 10,26.28.31)

Homilía del domingo XII A

Mar del Plata, sábado 24 de junio de 2017

Queridos hermanos obispos y sacerdotes, queridosfieles y personas que nos siguen por la televisión, a quienes dirijo un cordial saludo:

El evangelio que acabamos de escuchar es unfragmento del capítulo 10 de San Mateo, que contiene la instrucción que da Jesús a los Apóstoles sobre la misión que llevarán a cabo. Este pasaje se entiende mejor si retrocedemos un poco hacia las afirmaciones precedentes.

Los discípulos deberán anunciar la cercanía del Reino de los Cielos y prolongar la obra sanante y salvadora del mismo Jesús. Él quiere que los suyos actúen con desinterés y no por lucro; que den gratuitamente, con la misma gratuidad con que Dios los ha beneficiado: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10,8).Los quiere dotados de gran simplicidad. Deben ir con lo puesto y vivir al día: “No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento” (Mt 10,9-10).

La enseñanza profunda que el Maestro quiere transmitir es que el secreto de la fecundidad expansiva de su misión no consiste en la capacidad organizativa ni en el poder económico, sino en una confianza inquebrantable en la providencia divina que los predispone para que el Espíritu del Padre hable por ellos (cf. Mt 10,20).

Junto con esta consoladora certeza, les hace también sombrías predicciones y los exhorta a la fortaleza y a la perseverancia, porque tendrán que hacer frente a duras pruebas, ante el odio del mundo y la incomprensión de familiares y amigos: “Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22).

Los discípulos de Jesús compartirán su suerte.Deben saber que les esperan calumnias, persecuciones y hasta el don de la vida (cf. Mt 10,24-25).

En el pasaje del Evangelio que hemos proclamado,Jesús repite tres veces la exhortación: “No teman” (Mt 10,26.28.31), que lleva implícita el temor natural y espontáneo que sentimos ante peligros reales y grandes desafíos.

Las enseñanzas de Jesús van a contramano de la mentalidad del mundo. Pero esto no debe intimidarlos. La doctrina del Maestro no es para conservarla sólo en la conciencia o para decirla en la intimidad de un grupo cerrado. Deben anunciarla y por eso Jesús les dice: “No les teman… Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas” (Mt 10,26-27). Ellos fueron elegidos para salir y anunciar.

Los discípulos de Jesús pueden sufrir amenazas e injurias y experimentar la misma muerte. Pero además de esta vida biológica hay otra superior, que perduramás allá de la muerte, de la cual Cristo es testigo y garantía: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno” (Mt 10,28).

Para hacer frente a la oposición del mundo, invita Jesús a abrir los ojos a una gran Bondad que se manifiesta en el orden del mundo, pues hay un amor providente que cuida de cada uno de los pájaros que por bandadas surcan el cielo: “No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros” (Mt 10,31).

Jesús pide una adhesión a Él delante de los hombres, que debe ser clara y explícita, sin ambigüedades. Su persona es central y determina nuestra identidad: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10,32-33).

Haciéndose eco de esta exigencia del Señor, en el ritual de la Confirmación, antes de la imposición de manos y de la crismación, el obispo interroga a los confirmandos: “¿Están dispuestos, con la fuerza del Espíritu Santo, a dar testimonio de Jesús en todas partes, aunque tengan que sufrir por eso desprecio y persecución?”

Desde la primera hora, la Iglesia nacida de la Pascua de Cristo y de Pentecostés tuvo que hacer frente a diversas formas de persecución. Cuando Pedro y Juan fueron llevados ante el mismo tribunal que había condenado a muerte a Jesús, dice el libro de los Hechos de los apóstoles: “Los llamaron y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron: «Juzguen si está bien a los ojos del Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído»” (Hch 4,18-20).

Sabemos que fueron puestos en libertad, pero en realidad ya eran libres en prisión. La libertad es ante todo una realidad interior. Comienza siendo un aprendizaje de gobierno y dominio de nuestro desorden interno, optando por la verdad y por las convicciones profundas; y culmina en nuestra fortaleza y valentía ante toda presión exterior o ambiental que quiere adecuarnos en forma arbitraria a lo establecido como correcto.

Los profetas y los mártires nos han transmitido lecciones de libertad. Gracias a ellos la Iglesia ha aprendido a saltar por encima de los desafíos y amenazas. Su testimonio nos alienta para que sepamos ser una escuela de auténtica libertad venciendo esclavitudes. Podemos decir que a lo largo de la historia la Iglesia vive de sobresalto, aprendiendo a superar obstáculos desde su fuerza interior.

Si de verdad “queremos ser nación” debemos tener “pasión por la verdad” y pedir, como lo hacemos en la Oración por la patria, “la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar a todos sin excluir a nadie,privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz”.

Hombres libres son sólo aquellos que se vuelven servidores de Dios y de la verdad, y por eso aman al prójimo, aprenden a dialogar y a perdonar. Por eso pedimos “la sabiduría del diálogo”, porque no podemos absolutizar lo que sólo es prudencial y relativo a un tiempo y a una coyuntura. Es esta sabiduría la que nos lleva a descubrir el significado del lema de este encuentro: “Es más lo que nos une que lo que nos divide”.

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Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

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Homilía Semana social 17.docx

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