Homilia del obispo | San Pedro y San Pablo- 50º aniv.Inmac. Gesell

O Roma felix!

Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo

Villa Gesell, 29 de junio de 2017

Cincuenta años de la erección canónica de la Pquia. Inmaculada Concepción

Querido P. Eduardo Torre, sacerdotes, Sr. Intendente Gustavo Barrera, miembros del Hon. Concejo Deliberante, autoridades y representantes de las instituciones y fuerzas vivas de Villa Gesell:

En el día de los santos apóstoles Pedro y Pablo celebramos los cincuenta años de existencia de esta parroquia de la Inmaculada Concepción de Villa Gesell. El 11 de febrero de este año hemos celebrado los sesenta años de existencia de esta diócesis, bajo el lema inspirado en palabras del segundo obispo de Mar del Plata, el siervo de Dios cardenal Eduardo Pironio: “Queremos ser comunidades orantes, fraternas y misioneras”.

Podemos decir que esta parroquia es ciertamente parte importante de la historia de la ciudad. Damos gracias a Dios por sus beneficios y hacemos memoria agradecida de cuantos en ella han dejado una huella de bien y de gracia. Por los pastores y los laicos que en ella han trabajado y por los que siguen trabajando.

Los santos apóstoles nos deben brindar inspiración. Por eso comienzo citando un antiguo himno litúrgico: “¡Oh Roma feliz, de púrpura vestida, por la sangre preciosa de tan grandes próceres!” Con estas palabras, un poeta latino canta, en un himno conservado en la liturgia, la gloria imperecedera de la ciudad de Roma, e indicando al mismo tiempo su verdadero fundamento, continúa: “no por gloria propia, sino por sus méritos, excedes en el mundo cualquier otra belleza” (Paulino de Aquileya).

En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, cuyos sepulcros custodia la Ciudad Eterna como sus máximos tesoros, celebramos la Eucaristía, memorial perpetuo del supremo martirio de Cristo, testimonio y revelación de la verdad y caridad divinas, mesa en la cual estos mismos mártires encontraron su fuerza y el modelo inspirador para la confesión comprometida y valiente de su fe.

La fiesta de estos Apóstoles principales reaviva en nosotros la conciencia de la vocación perenne de la Iglesia de Roma “la cual preside en la caridad”, como en los albores del siglo II, acertara a decirlo, en frase lapidaria, el mártir San Ignacio, obispo de Antioquia (Rom 1,1).

Con espíritu religioso nos detenemos a escuchar la voz de la Tradición, en el eco ininterrumpido de los siglos que llega hasta nuestros días. Recogemos, por eso, otro fragmento tomado del más importante de los teólogos del siglo II, San Ireneo, obispo de Lión, venido del oriente hasta las Galias, quien hacia finales de ese mismo siglo afirma: “Porque con esta Iglesia en razón de su origen más excelente debe necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir los fieles de todas partes” (Adv. Haer. III, 3, 2).

Me complace hacer resonar aún la voz de una de las mayores glorias del oriente, San Máximo el Confesor, quien a mediados del s. VII, en épocas en que los cristianos sentíamos el gozo de pertenecer todos a la casa común, brindaba el siguiente testimonio: “En efecto, desde la venida a nosotros del Verbo encarnado, todas las Iglesias cristianas de todas partes han tenido y tienen a la gran Iglesia que está aquí (en Roma) como única base y fundamento porque, según las mismas promesas del Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra ella” (Opusc. PG 91, 137 s).

“Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

La oración de nuestro común Redentor y Dios, resuena apremiante y es bueno que la escuchemos de un modo especial en el día en que conmemoramos el martirio de los Apóstoles cuya sangre vino a sellar el testimonio y la ofrenda que hicieron de sus vidas.

Ellos han sido el más calificado ejemplo de la unidad en la diversidad y del vínculo indisoluble entre la verdad y la caridad. Pedro supo reconocer, alentar e integrar el carisma de Pablo, dentro de la Iglesia que le había sido confiada, junto con los demás apóstoles (Hch 15, 5-12). Pablo, a su vez, acude a los apóstoles presididos por Pedro en el concilio de Jerusalén “para saber si corría o había corrido en vano” (Ga 2, 2). “Aquél formó la primera Iglesia con el resto de Israel, éste fue el maestro y doctor de los paganos llamados a la fe. De esta manera congregando por diversos caminos a la única familia de Cristo, ambos igualmente venerables para el mundo, hoy son asociados por la única corona de gloria” (Prefacio).

Unidad no es uniformidad, porque el mismo Espíritu que congrega en la unidad del Cuerpo de Cristo es también el principio de la enriquecedora diversidad de los carismas. Primado no es arbitrariedad ni autoritarismo sino apasionado servicio de la unidad, conservando intacto el depósito de la fe y asegurando la autenticidad de los vínculos del amor.

Al celebrar esta solemnidad festejamos también el día del Romano Pontífice, el “Siervo de los siervos de Dios”, como se definía a sí mismo el papa San Gregorio Magno.

Nuestra oración por el Santo Padre, debe volverse hoy súplica sincera y filial por todas sus intenciones, que desde su corazón de Padre universal abarcan el mundo entero.

Queridos Padre Eduardo y queridos hermanos, para esta comunidad parroquial, ésta es la oportunidad más propicia para renovar la conciencia de su identidad y de su misión. Mi presencia entre ustedes en este día tan significativo, en mi carácter de obispo diocesano, quiere ser un signo de comunión eclesial y una contribución al gozo de sabernos discípulos y misioneros que anunciamos a Jesucristo como Camino, Verdad y Vida para todos los hombres.

Si una diócesis es el lugar privilegiado desde el cual experimentamos la comunión con las otras Iglesias particulares y con la Iglesia de Roma, las parroquias son las células vivas de la Iglesia (AA 10), y como nos lo recuerda el Documento de Aparecida, citando al concilio Vaticano II, “están llamadas a ser casas y escuelas de comunión (…) espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes” (DA 170).

No celebraríamos hoy fructuosamente estas bodas de oro parroquiales, si no renováramos de manera consciente nuestro deseo de ser mejores discípulos y misioneros de Jesucristo desde esta comunidad parroquial y en comunión con el resto de esta querida diócesis marplatense.

+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata

La imagen puede contener: 2 personas, personas de pie e interior

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Homilía 50º Inmaculada V.Gesell.docx

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