Homilía de monseñor Antonio Marino en la solemnidad de la Asunción de la Virgen

“Anticipo e imagen de la Iglesia”

(Prefacio)

Homilía en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Mar del Plata, Parroquia de la Asunción

15 de agosto de 2017

Queridos hermanos:

Celebramos la Eucaristía con ocasión de esta hermosa solemnidad de la Asunción en cuerpo y alma a los cielos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia. En la contemplación de su pascua personal, el alma se nos llena de alegría. Iluminados por la fe, nos sentimos atraídos por una belleza excepcional, que al mismo tiempo actúa como consuelo en las tristezas de nuestra vida, como esperanza en las luchas de la Iglesia y comoremedio en los problemas de la sociedad.

Hoy adquiere la plenitud de su sentido el sublime poema de alabanza a la misericordia divina que la humilde servidora del Señor pronunció ante Isabel: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1,46s. 49).

Ella es la mujer “bendita entre todas la mujeres” (Lc 1,42) a quien los Evangelios nos muestran siempre en un vínculo de cercanía singular con su Hijo. Como enseña el Concilio Vaticano II: “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG 57).

Si la contemplamos en el misterio de la Anunciación, ella aparece como la “llena de gracia” (Lc 1,28) sobre quien descendió primero el Espíritu Santo para engendrar virginalmente a Cristo; el mismo Espíritu que luego descendería en Pentecostés sobre toda la Iglesia.

Si nos detenemos en su visita a Isabel, la vemos como quien parte sin demora llevando su tesoro y compartiendo con su pariente la alegría de la salvación y el canto a las misericordias del Padre, anticipándose a la misión de la Iglesia.

En el nacimiento de su Hijo, ella muestra, como madre feliz, a los pastores y a los magos de oriente, el fruto bendito de sus entrañas. A los cuarenta días, junto con José y según la ley de Moisés, lo presentará en el templo, ofreciendo el don de los pobres. Allí oirá el canto del anciano Simeón y también su profecía sobre la espada que le atravesaría el corazón (Lc 2,35). Cuando el Niño tenía doce años, conoció la angustia de perderlo y luego hallarlo en el templo, discutiendo sobre la Ley con los doctores. No entendió la respuesta de Jesús, y sin embargo no la rechazó sino que la guardó en su corazón para meditarla (cf. Lc 2,51).

También en la vida pública de Jesús la vemos unida al Hijo desde el comienzo, asistiendo con Él y sus discípulos a las bodas de Caná. Allí, con mirada sensible de mujer, descubre una necesidad muy humana y con su intercesión misericordiosa logrará que su Hijo dé comienzo a sus milagros. Lo mismo que al pie de la cruz, es llamada “Mujer” (Jn 2,4), con alusión a su papel de nueva Eva, la “madre de los vivientes” en la humanidad renovada. Cuando Jesús prioriza el hacer la voluntad de Dios antes que los vínculos familiares (Mc 3,35), y proclama felices a quienes escuchan y practican la Palabra de Dios, más que la relación biológica (Lc 11,27-28), lejos de marcar distancia con su madre, está trazando en realidad su mejor retrato espiritual. Junto a la cruz, se asocia al dolor redentor de quien es el Hijo de Dios y suyo. Y prefigurando a la Iglesia, su maternidad se alarga hasta alcanzar los confines de la historia humana: “Mujer, aquí tienes a tu hijo” (Jn 19,26).

Después de la Ascensión, los apóstoles “perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste” (Hch 1,14). María estará con ellos implorando y recibiendo la efusión del Espíritu Santo.

La constitución Lumen gentium afirma: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

Esta somera imagen bíblica del itinerario de la Virgen María, nos la muestra en su íntima y discreta unión con su Hijo Jesucristo y mostrando actitudes según las cuales, la Iglesia deberá moldear sus pasos a lo largo de los siglos.

Bajo la luz de la fe y la secreta guía del Espíritu Santo, la Iglesia fue meditando con amor estos textos, y con ellos crecía su devoción y se encendía su esperanza. Irá poniendo en palabras y razonamientos las intuiciones que aparecen como balbuceos desde el siglo II, por las cuales se ponía en contacto con las realidades profundas. Se irá volviendo cada vez más claro que esta unión estrecha de la Madre con el Hijo y esta asociación subordinada de María en la obra redentora de Cristo, debía ser tan radical que su plenitud de gracia incluyera la exención de todo pecado y que su asociación singular al Salvador se prolongara en la más profunda victoria sobre la muerte mediante su glorificación corporal anticipada.

Esta exaltación gloriosa, lejos de alejarla de nosotros, la acerca más aún, pues como enseña la Iglesia: “Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 62).

La mujer “revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” que el libro del Apocalipsis nos ha presentado como “un gran signo” que apareció en el cielo (Apoc 12,1), es un símbolo del pueblo de la Antigua Alianza que da a luz al Mesías y a un nuevo pueblo(cf. Is 66,7-14); pero por eso mismo es también un símbolo de la Iglesia del Nuevo Testamento, a la que se dirige Juan, que engendra a Cristo en los creyentes, entre dolores de parto (cf. Gal 4,19), y que está perseguida. Esa Iglesia, que somos nosotros, descubre su propia figura en María, llamada “Mujer” por Jesús en Caná y al pie de la cruz.

Ella nos alienta mientras dura el combate contra el mal y la lucha con la serpiente infernal que atraviesa nuestra peregrinación por la historia. Con ella, en este sexagésimo aniversario de la diócesis, queremos ser “comunidades orantes, fraternas y misioneras”, según palabras del siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, segundo obispo de Mar del Plata.

 + Antonio Marino

Obispo emérito de Mar del Plata

Administrador diocesano

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Homilía Asunción 2017.doc