Homilía de monseñor Marino en la ordenación episcopal de monseñor Mestre

“Derramando la plenitud de la gracia sacerdotal”

(Pontifical Romano)

Homilía en la ordenación episcopal del Pbro.

Gabriel A. Mestre

Catedral de Mar del Plata, 26 de agosto de 2017

Queridos hermanos:

Esta diócesis vive hoy una hora memorable, con ocasión de la ordenación episcopal de uno de sus presbíteros, hijo de esta ciudad, quien también dará inicio a su ministerio como séptimo obispo de Mar del Plata.

La celebración en su conjunto constituye una gran pedagogía. Los gestos y las palabras nos llevan a una profunda experiencia del misterio de la Iglesia, en la cual el mismo Cristo, por medio de sus ministros, prolonga su presencia salvadora enseñando, santificando y gobernando al Pueblo santo de Dios. A través de numerosos símbolos cargados de significado, la liturgia llega a nuestros sentidos y por ellos se ilumina nuestra mente, produciendo en nosotros una intensa vibración espiritual.

¡Cómo no vibrar y conmovernos! Hoy se actualiza el designio benevolente del Padre, quien “constituyó a Cristo como Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo” (Ef 1,22), dotándola con la abundancia de los dones del Espíritu Santo. Ésta es la enseñanza del apóstol San Pablo, quien también nos dice que “es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere” (cf. 1Cor 12,4-11).

Hoy contemplamos, hecha sacramento, la realidad de que nos habla el pasaje de la carta a los Efesios que hemos escuchado: “cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido (…). Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros” (Ef 4,7.11).

Hoy adoramos la Unidad de la Trinidad Santísima en la Encarnación redentora, obra común a las tres personas divinas, donde cada una de ellas actúa según su propiedad: “porque –como enseña San Ireneo– en el nombre de Cristo está sobreentendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción" (Adversus haereses, 3, 18, 3).

Hoy se actualiza la Escritura que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61,1; cf. Lc 4,18). En efecto, desde Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia, la unción de su humanidad se prolonga en forma sacramental sobre este elegido suyo para insertarlo en la sucesión apostólica y constituirlo pastor y sumo sacerdote de esta Iglesia particular.

Hoy se muestra cómo a través de diversos pastores, un mismo y único “gran Pastor de las ovejas” (Heb 13, 20) es el que sigue gobernando a la Iglesia. Por eso, destacamos en especial la presencia de dos de los obispos que ocuparon esta sede episcopal, Mons. José María Arancedo y Mons. Juan Alberto Puiggari.

La hermosa plegaria de ordenación del Pontifical Romano, recitada a continuación de la imposición de manos que realizan los obispos presentes, tiene una venerable antigüedad pues data del siglo III y está tomada de la Tradición Apostólica de San Hipólito de Roma. En ella resuenan las enseñanzas de la Sagrada Escritura y la doctrina de los Padres de la Iglesia. Sus ecos pueden oírse en la teología sobre la Iglesia enseñada por el Concilio Vaticano II.

En su integridad la recita el obispo que preside la ordenación, pero en las palabras suficientes y esenciales se unen todos los obispos. A su término, todo el pueblo se asocia con su “Amén”.

Durante la recitación de esta plegaria, admiraremos un signo de elocuente significado. Luego de imponer abierto sobre la cabeza el libro de los Evangelios, dos diáconos lo sostendrán así hasta el final. Signo que se conecta con la segunda de las preguntas que se dirigen al que va ser ordenado Obispo, según manda “la norma de los Santos Padres”: “¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?”

Querido Gabriel, este simbolismo se relaciona con tu historia personal de docente de Sagrada Escritura, como lo has atestiguado en tu escudo episcopal. Por haber meditado y comentado el documento Verbum Domini, te resulta claro que “el fundamento de toda espiritualidad cristiana (…) es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia”. E igualmente te consta que nos encontramos con esa Palabra “tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición viva de la Iglesia” (cf. Verbum Domini 121).

Lo mismo que el profeta Ezequiel (Ez 3,3) y el vidente del Apocalipsis (10,8-11) deberás comer y asimilar el pequeño libro que contiene el anuncio salvador y el juicio de Dios sobre la historia de los hombres. Será en tu paladar dulce como la miel pero en tus entrañas tendrá un sabor amargo. Porque la Palabra divina atrae y enamora, pero la misión de anunciarla es siempre ardua y las resistencias del mundo pueden llenarnos de amargura.

La plegaria de ordenación surge del corazón de la Iglesia que suplica la presencia santificadora del Espíritu Santo. Y al mismo tiempo coincide con una eficaz acción de la gracia de ese mismo Espíritu. Allí invocamos a Dios Padre pidiendo una fuerza que está en Él y que el elegido recibe como puro regalo. Lo hacemos con un verbo que se usa para derramar el aceite que impregna al hombre, mientras lo invade la fuerza de Dios. Se trata de la infusión del “Espíritu de gobierno” o “Espíritu de soberanía”, que en Cristo está como en su fuente, en plenitud insuperable. Desde esta fuente, que es su gracia capital, se comunicó luego a los apóstoles, y por ellos a la Iglesia para convertirla en templo donde Dios habita.

La oración comienza aludiendo a la humildad: “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, (…) que habitas en el cielo y te fijas en los humildes”. Aquí vemos convertida en oración la enseñanza de Jesús: “Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber»” (Lc 17,10). La humildad se contrapone a la vanidad y a la soberbia. Resulta de la conciencia de haber recibido todo de Dios, como dice San Pablo: “En efecto, ¿con qué derecho te distingues de los demás? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1Cor 4,7). Cuanto más alto es el oficio que recibimos, tanto más profunda debe ser nuestra humildad. Lo que el Apóstol dice para todos, debe brillar por excelencia en quien es llamado a representar a Cristo Cabeza.

Los obispos, en efecto, somos el centro visible y necesario de la unidad eclesial, pero no el término final al que debe dirigirse todo honor y toda gloria, que sólo se reservan para el Padre, por su Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo.

Luego de las palabras esenciales, la plegaria dice: “Que sea un buen pastor de tu santa grey”, súplica que se relaciona con el Evangelio escuchado en esta Misa: “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11).

Querido Gabriel, dar la vida por el rebaño confiado implica la fortaleza del pastor. Nunca se descarta el martirio de la sangre, pero en su modalidad cotidiana dar la vida coincide con el heroísmo oculto y sin aplausos, sobrellevando dificultades cuya solución sólo el Cielo puede dar.

Junto con alegrías pastorales muy auténticas, la cruz de Cristo, en sus variadas formas existenciales, se hará presente en tu ministerio como condición de fecundidad y prueba de tu amor. Con estos ojos debemos mirarla. No deberá extrañarte, pues esto es lo anunciado por el Divino Maestro a todo discípulo dispuesto a llevar el nombre de “cristiano”: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). En la vida de un obispo la cruz puede asumir formas específicas muy dolorosas. Pero no estarás nunca sólo, porque en la dimensión invisible de la comunión de los santos te estará sosteniendo la oración diocesana de almas sencillas y creyentes. También la mía muy sincera. Y así podrás decir: “todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4,13).

En el sexagésimo aniversario desde su creación, la diócesis recibe un gran regalo y no podría yo recibir mejor obsequio que concluir mi gobierno pastoral ordenando obispo a uno de sus hijos. Luego de ungir tu cabeza con el crisma, te entregaré el libro de los Evangelios, el anillo de tu desposorio con la Iglesia y la mitra, símbolo de la santidad de este oficio. Por último, te haré entrega del báculo, signo del gobierno pastoral, y te invitaré a sentarte en la sede episcopal, hasta ahora ocupada por mí. En ese momento, mi misión estará cumplida y también mi gozo por haberme permitido el Señor ejecutar el mandato del Santo Padre Francisco de constituirte como mi sucesor.

Te expreso aquí mi público reconocimiento y gratitud por tu fiel servicio hacia mi persona hasta el día de hoy en que el Señor te confía una misión más comprometida.

Te rodea una nutrida representación del Pueblo de Dios en sus diversas vocaciones: hermanos obispos, sacerdotes y diáconos, consagrados, consagradas, autoridades civiles, militares, de las fuerzas de seguridad, diversas instituciones, representantes de la Iglesia ortodoxa rusa, familiares y amigos, seminaristas y fieles laicos.

Todos te encomendamos a la Madre de Dios, a quien llamamos “Reina de los Apóstoles”. La Virgen no tuvo el título ni pretendió los poderes jerárquicos, pero Ella es más que toda la jerarquía en su conjunto y nos muestra la última razón de ser de la Iglesia, que no es el orden jerárquico, sino fomentar la esponsalidad y engendrar vida eterna en el corazón de los hombres. Confiados en su intercesión gloriosa pedimos “que Dios perfeccione la obra que ha comenzado en ti”.

+ Antonio Marino

Obispo emérito de Mar del Plata

Administrador diocesano

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