Palabras finales de monseñor Gabriel Mestre | Obispo de Mar del Plata. Sábado 26 de agosto – Ordenación epi scopal y toma de posesión

Queridos hermanos:

“Soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros” (Is 6,5). Con estas palabras el profeta Isaías confiesa su debilidad humana ante el llamado de Dios. Con estas mismas palabras quiero hoy confesar también mi humana debilidad ante la enorme misión de pastorear como Obispo la Diócesis de Mar del Plata.

Quiero compartir con ustedes tres puntos sintetizados en tres breves expresiones: 1) acción de gracias, 2) proyección pastoral, y 3) compromiso personal.

1) Acción de gracias

Quiero en primer lugar dar gracias a Dios Uno y Trino, el Santo, el Eterno, el Todopoderoso, por el don de la vida y la fe. Por el llamado a la existencia y a ser un hijo fiel de la Iglesia. Gracias porque me ha permitido experimentar su generosidad siempre desbordante.

Gracias a Dios por las mediaciones humanas de su presencia que me han edificado profundamente a lo largo de la vida. Mi familia en primer lugar; los amigos de antes, de ahora y de siempre. La vida toda de la Iglesia de manera particular en las tres queridas parroquias en la que fui párroco: Asunción, Inmaculada de Villa Gesell y Catedral. Agradezco haber podido servir en distintas pastorales diocesanas, nacionales y latinoamericanas a los largo de estos 20 años de vida sacerdotal. Agradezco profundamente la vida de la Iglesia en sus piedras vivas que son sus laicos, consagrados, seminaristas, diáconos, sacerdotes y obispos, desde ahora mis queridos hermanos.

Destaco y agradezco de manera particular la presencia de tres obispos que fueron pastores de nuestra Diócesis y hoy fueron los consagrantes principales de mi ordenación: Mons. Antonio Marino, el primer obispo emérito de Mar del Plata, Mons. Juan Alberto Puiggari y Mons. José María Arancedo que me ordenó de diácono y de sacerdote en esta misma Catedral.

También agradezco la presencia de Mons. Joaquín Sucunza, obispo auxiliar de Bs As que me ha acompañado como sacerdote en los primeros años de mi formación inicial y de Mons. Ramón Dus con quién compartimos el servicio de enseñanza de la Sagrada Escritura y la Animación Bíblica de la Pastoral. Quiero agradecer la presencia del Cardenal Leonardo Sandri, Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales y de Mons. Vincenzo Turturro, representante del Sr. Nuncio Mons. Emil Paul Tscherrig que no se encuentra en nuestro país.

Agradezco a todos los que han venido hoy: comunidades, familias, autoridades; de la Iglesia y de ámbitos civiles y seculares; varios del interior de la Diócesis y algunos de lugares más lejanos. Agradezco profundamente a todos y cada uno de los que prepararon la ordenación y toma de posesión del nuevo obispo: con su etapa previa, en esta Misa y lo que compartiremos más tarde en el Colegio Santa Cecilia.

Agradezco por último, al Papa Francisco, que como instrumento de Dios me ha confiado el pastoreo de esta Iglesia particular. Gracias por su confianza y por haber elegido un hijo de esta Iglesia para pastorear esta misma Iglesia.

El primer punto es la acción de gracias que me lleva a cantar con el salmista: “Te doy gracias Señor por tu amor, no abandones la obra de tus manos” (cfr. Sal 138,1.8).

2) Proyección pastoral

En segundo lugar la proyección. Es lógico que se le pida al nuevo obispo alguna palabra sobre las ideas particulares de su futuro pastoreo. Me inscribo en la riquísima y fecunda historia de nuestra Diócesis que abarca una porción importante del sudeste de la provincia de Buenos Aires. En este territorio bañado y bendecido por el mar se amalgaman en el campo y las sierras, pueblos y ciudades, barrios y asentamientos, caseríos y zonas rurales en un gran abanico de realidades diversas y desafiantes donde niños y ancianos, adultos y jóvenes, familias y comunidades llevan adelante entre dificultades y gozos la vida que se nos ha dado.

Estamos celebrando 60 años de vida diocesana bajo el lema “Queremos ser comunidades orantes, fraternas y misioneras”. Lema inspirado en el querido y tan recordado Siervo de Dios Eduardo Pironio, segundo Obispo de Mar del Plata que marcó a fuego muchos aspectos positivos de nuestra vida diocesana. En el marco de esta rica historia e identidad me proyecto, y nos proyectamos, en continuidad con los que la hicieron posible.

¿Desde dónde soñaré con ustedes, mis queridos diocesanos, la acción pastoral de nuestra Iglesia Particular?

Por un lado, como elemento esencial, desde la Palabra de Dios, desde la Escritura interpretada y orada en la Tradición viva de la Iglesia que anima, sostiene y da vigor a la pastoral diocesana. Por otro lado, en segundo lugar, nos dejaremos guiar por dos documentos que marcan el pulso del rico y complejo tiempo que nos toca vivir: Evangelii Gaudium del Papa Francisco y Aparecida de los Obispos Latinoamericanos.

En este contexto, en diálogo con todas las comunidades y áreas pastorales, quiero que la Iglesia de Mar del Plata siga creciendo cada día más para ser realmente misionera, siempre “en salida” y sea ese “hospital de campaña” que recibe a tantos hermanos heridos en el camino de la vida para sanar, cuidar, liberar y consolar (cfr. EG 67, 273).

Una iglesia misericordiosa y comprometida, alegre y servidora, que por la acción del Espíritu, ofrece a todos la vida de Jesucristo (cfr. EG 49). Una Iglesia siempre cercana y cuidando a los pobres, débiles, enfermos y sufrientes. Una Iglesia que “primerea”, se involucra (cfr. EG 24) y sale al encuentro de tantos hermanos que no encuentran sentido a sus vidas. Así, y solo así, seremos en serio evangelizadores con Espíritu como el Papa pide en el último capítulo de EG.

De cara los hermanos de otras denominaciones religiosas y ante la sociedad civil, en sus manifestaciones y agrupaciones políticas, sociales, trabajadoras, judiciales y empresariales les digo que encontrarán siempre en la Iglesia de Mar del Plata colaboración en la autonomía para luchar por la justicia, la verdad y la defensa de la vida. Los discípulos misioneros que peregrinamos en la Iglesia Particular de Mar del Plata queremos ser instrumentos fieles de la construcción de una Patria más justa y más fraterna con total y absoluta libertad. La Iglesia no es una ONG, no es un partido político, la Iglesia es la Esposa de Jesucristo, instrumento universal de salvación que vive la alegría del Evangelio y se compromete con una auténtica cultura del diálogo y del encuentro.

Como desafío pastoral asumo y asumimos juntos nuestra “hora”, la “hora” hermosa y paradójica que nos toca transitar y no le tenemos miedo a estas palabras: discernimiento, audacia, creatividad, cambios de estructuras, signo de los tiempos, unidad y diversidad, conversión y renovación pastoral.

3) Compromiso personal

Por último, en tercer lugar, mi compromiso. Lo he dicho más de una vez desde que se hizo público el nombramiento. Lo vuelvo a repetir ahora ordenado y en el marco formal de estas palabras finales. Deseo vivir la síntesis que nos ofrece el CV II para definir al obispo: me comprometo a ser “padre, hermano y amigo” (cfr. LG 28; PO 7). Palabras bellas pero difíciles de vivir, palabras que reclaman un equilibrio saludable de cercanía y autoridad, servicio y presidencia, amor y firmeza que necesitan de la oración de intercesión incesante de todos ustedes.

Como “padre hermano y amigo” no quiero olvidarme nunca que por sobre todas las cosas soy sucesor de los Apóstoles y en este sentido lo esencial será ser un “hombre de Dios”. Oren para que lo sea; pídanmelo y exíjanme siempre ser “hombre de Dios”, “hombre del Espíritu”, de ese mismo Espíritu que esta tarde me ha ungido para siempre. Ningún compromiso terrenal histórico, ningún servicio pastoral será fecundo si no fortalezco en mi vida eso de ser “hombre de Dios”. Por eso, como síntesis de mi compromiso personal he elegido el lema “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). El lema, tomado directamente de la Escritura, pone en primer lugar a Dios, al Señor. ¡Cristo por sobre todas las cosas! Todo lo demás vendrá por añadidura (cfr. Mt 6,33). El valor tan ansiado de la paz solo será posible entre los pueblos, en la Patria, en la Iglesia, en la familia y en cada corazón solo si ponemos a Cristo en primer lugar.

He recibido en esta tarde la unción apostólica por la acción del Espíritu Santo. Por ese poder que me sobrepasa, como sucesor de los Apóstoles me comprometo a ser “padre, hermano y amigo” que siempre anuncie, por sobre todas las cosas, que Cristo es nuestra paz. Su paz, la de Cristo, será principio y garante de la unidad de nuestra Diócesis y don para entregar en el servicio misionero.

He querido compartir hoy estos tres puntos: 1) acción de gracias, 2) proyección pastoral, y 3) compromiso personal.

Para concluir pido la intercesión de María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján, juntamente con la de Santa Cecilia, patrona de nuestra Diócesis, y hoy también del Beato Ceferino, para que la fuerza de Dios nos haga siempre testigos creíbles del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

“Soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros” (Is 6,5). Que la gracia sacramental que viene de Dios que hoy ha sellado mi corazón me sostenga, renovándome y purificándome en el camino de mi servicio episcopal en la amada Iglesia de Mar del Plata.

Muchas gracias a todos y que el Señor los colme de bendiciones.

+ Mons. Gabriel Mestre

Obispo de Mar del Plata