LOS #TRESPUNTITOS PARA REFLEXIONAR CON MONSEÑOR GABRIEL MESTRE | DOMINGO 30° DEL CICLO A

Domingo 30° del ciclo A. 29 de octubre de 2017.

Primera lectura: Éx 22,20-26
Salmo: Sal 17,2-4.47.51ab
Segunda lectura: 1Tes 1,5c-10
Evangelio: Mt 22,34-40

En el Evangelio de este Domingo una vez más tenemos un fariseo que quiere tenderle una trampa al Señor. Ante los 613 preceptos de la ley que debía cumplir un judío observante en la época de Jesús, era lógico que se preguntaran “cuál era el mandamiento más grande de la ley”. El Señor, tomando textos bíblicos de Dt 6,5 y de Lv 19,18 responderá con gran maestría, señalando cuál es el mandamiento principal del cual depende toda la ley y los profetas.

A la luz del texto evangélico propongo tres puntos para meditar sintetizados en tres palabras: MONEDA, INTENSIDAD, ESENCIAL:

  1. Dos caras de una misma MONEDA
  2. Con toda la INTENSIDAD de la vida
  3. El amor lo ESENCIAL de la vida

 

  1. Dos caras de una misma MONEDA

Ante la tentación de separar el amor a Dios del amor al prójimo Jesús es muy claro: dos mandamientos que son uno. Así como toda moneda necesariamente tiene dos partes, “cara y seca”, de la misma manera el amor en serio, el amor cristiano es uno pero tiene dos dimensiones que son inseparables: el amor a Dios y el amor al prójimo. Estas son la “cara y seca” del amor como Jesús nos lo enseña.

¿Asumo que el amor verdadero tiene dos dimensiones inseparables: a Dios y al prójimo? ¿Busco que mi amor a Dios se refleje, se haga concreto en el amor al prójimo cada día? Mi amor al prójimo: ¿se nutre del amor a Dios en la vida de oración o es un simple “voluntarismo” que me exijo desde afuera? ¿Tiendo a “privilegiar” una u otra dimensión del amor o ambas están “equilibradas” en mi vida?

  1. Con toda la INTENSIDAD de la vida

La expresión con “todo” el corazón, el alma y el espíritu refleja claramente la intensidad y totalidad que el amor cristiano posee. Ese es el amor verdadero. Ese es el amor de Jesús. Una intensidad que no tiene que ver con la expresión exterior de “carga sentimental” o con superficiales “efectos románticos”. Un amor donde la intensidad se transforma en dar la vida: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13,34). ¿Cómo nos amó Jesús? Dando intensamente su vida para salvarnos. Esa es la verdadera intensidad del amor: dar la vida.

¿Doy la vida por amor? ¿Qué implica para mí hoy dar la vida? ¿Doy intensamente mi vida en las exigencias del amor en las realidades de todos los días? ¿Qué implica para mí hoy amar con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu…? ¿A quiénes de forma particular deberé amar de esta forma?

  1. El amor lo ESENCIAL de la vida

El amor es el ingrediente absolutamente necesario para una vida feliz y por eso Jesús lo pone como elemento esencial. No se puede vivir sin amor… Dios nos creó para vivir y estar constantemente en su amor y en el amor. Por eso se hace necesaria siempre una “dosis” de amor en todo lo que hacemos y vivimos. Todo con amor. Lo malo de nuestra vida debe ser “tocado” por el amor para ser modificado en algo bueno. Pero también lo bueno de nuestra vida necesita siempre del amor para que no se “desproporcione” ni se absolutice nada que no tenga que ser absoluto. Toda virtud, toda capacidad, todo talento, todo carisma, todo don que tengamos debe estar siempre “tocado” por el amor. Por eso comparto esta secuencia, aparentemente anónima pero inspirada en varios pensadores, que puede ayudarnos a percibir cómo el amor es realmente esencial a la vida:

TODO CON AMOR…

La inteligencia sin amor, te hace perverso.
La sencillez sin amor, te hace mediocre.
La justicia sin amor, te hace implacable.
La diplomacia sin amor, te hace hipócrita.
La riqueza sin amor, te hace avaro.
La pobreza sin amor, te hace miserable.
La docilidad sin amor, te hace servil.

La prudencia sin amor, te hace cobarde.
La audacia sin amor, te hace insensato.
El éxito sin amor, te hace arrogante.
El fracaso sin amor, te hace amargado.
La esperanza sin amor, te hace alienado.

El realismo sin amor, te hace pesimista.
La castidad sin amor, te hace orgulloso.
La verdad sin amor, te hace hiriente.
La autoridad sin amor, te hace tirano.
El trabajo sin amor, te hace esclavo.
La oración sin amor, te hace un farsante.
La ley sin amor, te hace inclemente.
La amistad sin amor, te hace utilitario.
La fe sin amor, te hace fanático. 

La cruz sin amor, se convierte en tortura.
La vida sin amor… no tiene sentido.

Mons. Gabriel Mestre
Obispo de Mar del Plata
Argentina

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