1° Carta pastoral de monseñor Mestre | 2017 | IGLESIA PARTICULAR DE MAR DEL PLATA: TRINITARIA, SINODAL Y PROF ÉTICA

Adquirila impresa en tu parroquia o en el Obispado de Mar del Plata. Sino descargala en pdf > CARTA PASTORAL 2017 Monseñor Gabriel Mestre

A los sacerdotes, diáconos, consagrados, laicos, seminaristas, parroquias, comunidades, instituciones educativas, movimientos, asociaciones, organismos diocesanos y a todo el Pueblo de Dios que peregrina en la Iglesia Particular de Mar del Plata.

Queridos hermanos diocesanos:

INTRODUCCIÓN

1. Comparto con ustedes mi primera Carta Pastoral. La misma no pretende ser ni un compendio doctrinal, ni un tratado pastoral cerrado para aplicar de forma directa. Tampoco se trata de un escrito que quiera abarcar la totalidad de los inmensos desafíos que el mundo actual pone ante nuestros ojos (cf. GS 4-10; EG 52). Son unas breves y simples reflexiones del pastor que por primera vez quiere iluminar la vida de su comunidad diocesana en esta nueva etapa. Todo en continuidad con la fecunda y entusiasta historia de nuestra Iglesia Particular que acaba de cumplir 60 años de vida y que hemos celebrado bajo el lema “Queremos ser una Iglesia orante, fraterna y misionera” inspirándonos en las palabras del querido y recordado Siervo de Dios Cardenal Eduardo Pironio, segundo obispo de Mar del Plata.

2. Estas líneas están destinadas a todos y cada uno de los fieles bautizados cristianos católicos de la Diócesis, llamados por Dios a profesar nuestra fe personal en clave comunitaria en el creo-creemos de la Iglesia (cf. CCE 26): laicos, consagrados y ministros ordenados que en parroquias, colegios, congregaciones, movimientos, instituciones, organismos diocesanos y comunidades buscan vivir la fe, la esperanza y el amor. Son reflexiones vinculantes, es decir, nos vinculan desde el misterioso designio de Dios que se expresa en la pertenencia a esta Iglesia Particular de Mar del Plata, de la cual soy hijo y que hoy tengo que presidir como padre, hermano y amigo.

3. Todos están invitados a leer la Carta y son convocados a asimilarla y recrearla con su aporte personal. Pero lo haremos juntos, en un camino de pastoral orgánica, en diálogo y comunión, en un dinámico y participativo itinerario de planificación pastoral. No pretendo dar ninguna receta. No la tengo, y a decir verdad creo que las recetas no sirven. Sólo intento sugerir, evocar, suscitar, provocar, abrir a la reflexión y reacción de todo el Pueblo de Dios que transita y vive en el territorio de nuestra Diócesis. Quiero que niños y jóvenes, adultos y ancianos de todos los rincones de nuestra Iglesia Particular se descubran parte esencial y se involucren en el proyecto de plenitud de vida que Dios tiene hoy para nosotros en nuestro propio contexto.

4. Como Obispo me ocupa y preocupa la formación integral del discípulo misionero del siglo XXI (cf. DA 280), que abarca todas las dimensiones de la persona, no sólo la esfera intelectual, sino también la religiosa, sensible, psico-afectiva, comunitaria, social y humana en general. Esta formación integral está al servicio de la vivencia, transmisión y compromiso de la fe. Tres expresiones verbales que sintetizan y abarcan la totalidad de la vida del creyente: vivir, transmitir y comprometerse. Vivir hace referencia al encuentro personal y comunitario, celebrativo y gozoso con Dios; transmitir implica la apertura a la evangelización y a la necesidad de comunicar la vida de Dios a los demás; comprometerse supone hacer carne el Evangelio de la misericordia en el servicio concreto para todos, pero muy especialmente para los más pobres y vulnerables. Ésta es la preocupación de fondo que da sentido a las líneas que siguen. Una formación integral para el liderazgo y el protagonismo, para el compromiso alegre y entusiasta animándose a ser levadura de Cristo en el mundo (cf. Mt 13,33).

5. En esta primera Carta me concentraré en tres puntos que tienen como eje la rica e inabarcable realidad de la Iglesia comprendida como familia y Pueblo de Dios (cf. LG 9-10). No estarán tratados todos los aspectos, solamente aquellos que de manera particular quisiera remarcar en este momento. Los que faltan quedarán para próximas reflexiones. Deseo animar, impulsar y estimular un estilo de Iglesia, un modo de ser Iglesia de la Pascua que sea lo más fiel posible al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Los tres puntos quedan presentados en el título de la Carta: trinitaria, sinodal y profética.

I- IGLESIA TRINITARIA

II- IGLESIA SINODAL

III- IGLESIA PROFÉTICA

I- IGLESIA TRINITARIA

6. Hablar de una Iglesia Trinitaria es recordar el fundamento, lo esencial, lo que no puede faltar, lo que da sentido al resto, la roca de la base para el cimiento seguro de la casa (cf. Mt 7,24-27). Dios Uno y Trino es el que se nos manifiesta, revela su interioridad y su misterio (cf. DV 2) y nos llama a participar de su comunión siendo Iglesia. La vida personal y comunitaria del discípulo misionero encuentra su identidad en el Misterio de la Santa Trinidad: “El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad” (Comp. 44; cf. LG 4).

7. El Dios Uno y Trino nos habla de la unidad y la diversidad. La Trinidad es paradigma de la fecunda vida comunitaria. Tres Personas Divinas diferentes y un solo Dios. En este Dios creemos, este Dios vivenciamos, este Dios anunciamos: el Dios que es comunión de las tres Personas Divinas, el Dios familia, el Dios comunidad. La fe trinitaria expresada en la vida implica entonces aprender a vivir la unidad en la pluralidad; en donde lo diverso no se percibe como amenaza sino como riqueza y como don. Aquí está uno de los desafíos más grandes de la Iglesia en general y de nuestra Iglesia Diocesana en particular: comunión en Dios asumiendo y aceptando la riqueza de las diferencias (cf. 1Co 12,1-31; Rom 12,4-5; LG 7.32; EG 40). En Dios Uno y Trino, que nos impulsa a vivir la unidad en la diversidad, reforzaremos siempre nuestra pertenencia cordial a la Iglesia (cf. EG 14; EG 98; LPNE 30-31). Solo así en la vivencia profunda de la comunión podremos ser luz de este mundo tan dividido y amenazado por la intolerancia y la violencia. Nos dice la Palabra: “Para que todos sean uno. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21).

8. La Iglesia, como Pueblo de Dios a imagen de la Santa Trinidad, es misterio de comunión misionera. Tanto la Escritura como el Magisterio no dejan nunca de insistir en la identidad de comunión que posee la Iglesia (cf. LG 4.8.13-15.18. 21.24-25). Comunión real que se hace patente en la bella expresión Iglesia comunidad de amor que transmiten algunos documentos magisteriales (cf. DCE 19-39; DA 159.161). En nuestro contexto pastoral, recordemos más que nunca las palabras de Juan Pablo II que nos invita a “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). El Papa nos presenta aquí el gran desafío para el inicio del Tercer Milenio: promover, vivir, aprender una auténtica espiritualidad de la comunión. El fundamento de esta comunión no será fruto de nuestro esfuerzo humano sino de la presencia del Dios Uno y Trino que actúa en los corazones. La comunión brotará de una vivencia de Iglesia Pascual, abierta a la gracia de Dios y que tiene su fuerza y fundamento en la Santísima Trinidad.

9. El Catecismo de la Iglesia nos enseña que “cada Persona Divina realiza la obra común según su propiedad personal” (CCE 258). La identidad específica de cada Persona Divina nos regala varios aspectos específicos para nuestro crecimiento espiritual. Por eso, nos detenemos brevemente en lo que cada una de ellas aporta según su propiedad para dar gracias y comprometernos con la grandeza y primacía de Dios en nuestras vidas.

a) Dios Padre

10. El Padre Dios es el Todopoderoso y artífice de la creación toda y es el que sostiene esta obra creada con su paternidad. Lo propio del padre es engendrar, dar vida, cuidar, sostener y proteger. También el Padre Dios “muestra, en efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades (cf. Mt 6,32)” (CCE 270). Porque es precisamente en la misericordia para con los seres humanos donde se manifiesta la omnipotencia divina (cf. EG 37; Sal 68,6-7).

11. Damos gracias por tener un Padre Dios creador que sostiene en el tiempo su protección sobre la obra creadora. Él es el creador de todo y del ser humano como cúspide de su obra, como su creación más perfecta. Es el Padre siempre presente, que ama y acompaña el crecimiento de sus hijos. Damos gracias porque su paternidad se expresa en la providencia que, de forma directa o a través de otras personas, llega constantemente a la puerta de nuestra vida. Damos gracias por la parte de su admirable creación que nos ha regalado para disfrutar en nuestra Diócesis: el mar y sus playas, las sierras y los fértiles campos, y de manera particular, la variedad de su gente, venida de distintos lugares geográficos, culturales y existenciales, que enriquecen nuestra Iglesia.

12. Ante el Padre Dios, queremos comprometernos, como Iglesia de Mar del Plata, al cuidado de toda la creación, siendo celosos custodios de ella, en una ecología integral y profundamente humana que respeta y protege la vida en todas sus formas y manifestaciones (cf. LS 137). De manera particular queremos defender la vida más vulnerada: en los niños no nacidos, en los pobres y marginados, en los enfermos y ancianos, en los jóvenes que no encuentran el sentido a sus vidas, en todos los débiles y sufrientes. Tengamos presente las palabras del Papa Francisco: “Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (LS 217).

b) Dios Hijo

13. El Hijo Dios es la Palabra Eterna que se hace carne, humanidad, historia y tiempo. Lo hace para rescatarnos y redimirnos, reconciliándonos con el Padre y su proyecto de vida y amor para nosotros. Para que recuperemos la dignidad que el pecado nos hizo perder: “El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios” (Comp. 122). El misterio de la Redención implica por lo tanto una mirada, una antropología profundamente realista y totalmente optimista.

14. Damos gracias al Hijo por hacernos ser hijos en Él. Damos gracias por el amor obediente, total, único e incondicional del Señor que nos obtuvo la salvación eterna y la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Damos gracias porque hoy sigue siendo el Buen Pastor que nos conduce y el Buen Samaritano que nos sana (cf. Prefacio Común VIII). Sabemos que una y mil veces el Señor nos ofrece gratuitamente su perdón que nos restaura. Por eso, no podemos más que agradecer, compartir con todos y afirmar sin dudar que “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14).

15. Ante el Hijo Eterno del Padre, nos comprometemos, como Iglesia de Mar del Plata, a redescubrirlo como único Salvador del mundo y Señor de la historia. Queremos encontrarnos cada día con la gracia de Jesucristo, el Mesías esperado, como se nos narra tan bellamente en muchos pasajes del NT (cf. Jn 1,35-39; Lc 19,1-10; Lc 24,13-35; Mt 4,19; Mt 9,9; Mc 10,21; EAm 8-10). Deseamos que todos los sacramentos de la Iglesia, especialmente la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida cristiana (cf. SC 10), sean encuentro real con la Pascua de Cristo para aliviar y encauzar nuestro corazón y el de tantos hermanos bautizados que aún no encuentran su rumbo y el sentido profundo de su existencia. Queremos también ante el Hijo comprometernos a buscar su rostro escondido en los desolados, los olvidados y los postergados de nuestra sociedad (cf. Mt 25,35-45).

c) Dios Espíritu Santo

16. El Espíritu Santo es el lazo amoroso que une eternamente al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo Dios es también como el alma de la Iglesia y por eso siempre la anima y dinamiza: “El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres” (CCE 747). El modelo de Iglesia Trinitaria queda muy bien definido por la acción del Espíritu Santo en el episodio del primer Nuevo Pentecostés (cf. Hch 2,1-47). Allí, oración y acción, interioridad y efusión, espiritualidad y entusiasmo se amalgaman y equilibran de forma perfecta por la acción fecunda del Espíritu.

17. Damos gracias a Dios Espíritu Santo porque es el principio real de la auténtica renovación de la vida de la Iglesia. Renovación que es mucho más que un cambio de maquillaje exterior; renovación que parte de la conversión interior del corazón a la Palabra de Dios. Agradecemos al Espíritu que sigue distribuyendo dones y carismas en nuestra Iglesia Particular enriqueciéndola de forma orgánica y armónica; dones y talentos que debemos reconocer, y a los que tenemos la obligación de dar lugar para su desarrollo y entrega. Damos gracias porque hoy y cada día de nuestra vida vuelve a renovarse este Nuevo Pentecostés que nos invita a una sostenida conversión pastoral (cf. EG 25-33; DA 365-372).

18. Ante Dios Espíritu Santo y por su poder queremos comprometernos a orar como es debido (cf. Rom 8,26-27), a ser contemplativos en la acción, a disfrutar una verdadera oración integrada en la vida como nos enseña la Santísima Virgen María, Madre de Misericordia. Quisiera que tengamos la gracia de experimentar una Liturgia profundamente vital e inculturada y una religiosidad popular rica, variada y siempre en camino de profundización (cf. DA 262). Así, y sólo así, seremos conducidos por el Espíritu Santo para cumplir el sueño y la vocación de santidad que Dios tiene sobre todos y cada uno de nosotros. Queremos dejarnos renovar por el Espíritu y nunca resistir con nuestras estructuras y esquemas a su presencia de Amor (cf. Mt 12,30-32; Hch 7,51; Rom 5,5).

II- IGLESIA SINODAL

19. La Iglesia está llamada a ser imagen de la íntima comunión de la Santísima Trinidad. Esto nos introduce para hablar de una Iglesia Sinodal que implica varios aspectos que se entrecruzan. Descubrimos que sinodalidad hace más referencia a un estilo que a un evento en sí. La misma palabra sínodo en su etimología indica encuentro, reunión, asamblea, caminar juntos; es transitar la vida como familia y Pueblo de Dios. Es el estilo de las primeras comunidades que nos presentan varios textos del Nuevo Testamento (cfr. Mt 18,15-18; Hch 1,15-26; 6,1-6; 15,22-35; Rom 12,3-8). Este estilo ha estado presente a lo largo de los siglos dinamizando los diversos ámbitos de la vida de la Iglesia.

20. El ejercicio sinodal, profundamente comunitario, no disminuye el liderazgo de quien tiene que conducir, sino que lo refuerza y promueve como instancia de unidad y de última definición en los temas esenciales según las normas de la Iglesia. Un estilo de Iglesia Sinodal se podría definir a través de muchas palabras. Aquí elijo tres términos que pueden ayudarnos a transitar hoy este camino: escucha, diálogo, discernimiento.

a) A la escucha

21. La capacidad de escucha es una condición indispensable para la sinodalidad. Sin la escucha al otro es imposible la comunicación. La escucha nos abre al mismo Dios y a los hermanos; nos abre el camino a la fe y a la comunión con los demás. En los inicios de nuestra fe judeocristiana el escuchar, la escucha aparece como un elemento esencial (cfr. Dt 6,4-9; Sal 4,4; 5,2-4; 66,16; Lc 11,28). Escuchar a Dios que es Palabra, escucharlo en la Escritura, que es la Palabra de Dios escrita, interpretada en la vida de la Iglesia en una auténtica animación bíblica de la pastoral, es uno de los grandes desafíos de una Iglesia Sinodal (cf. VD 72-73; DV 12.21.25; DA 248-249).

22. De la escucha a Dios a escuchar al hermano. Escuchar no es tarea fácil. En nuestro mundo contemporáneo hemos dejado postergado el hábito de la escucha. Escuchar implica una serie de hábitos que debemos cultivar con asiduidad: permitir que el otro se exprese con libertad, prestar atención, no interrumpir, dejar lugar al silencio, decodificar también el lenguaje no hablado, permitir que el otro se exprese con libertad. Escuchar con apertura de alma y sinceridad es el remedio más eficaz para no caer en la tentación de manejarnos con pre-juicios con respecto al otro y a los otros, superando así la auto-referencialidad (cf. EG 8.94-95).

23. Queremos cultivar la capacidad de escuchar a Dios, en la vida de oración personal y comunitaria; en la vida catequística y sacramental de la Iglesia y en los acontecimientos que también son portavoces de un mensaje divino. Queremos escuchar a Dios en su Palabra a través de la lectio divina y dejarnos interpelar siempre por las orientaciones del magisterio de la Iglesia. Queremos acrecentar la escucha a los hermanos y con entrañas de misericordia involucrarnos en su realidad y responder a sus ruegos. Como Jesús con Bartimeo, el mendigo ciego del costado del camino (cf. Mc 10,46-52), queremos hoy escuchar y hacernos cargo del grito de tantos necesitados que reclaman una palabra de aliento o un servicio comprometido. Queremos superar la tentación de hacer oídos sordos ante los dramas de nuestro tiempo y escuchar con atención a todos.

b) Siempre en diálogo

24. El diálogo es comunicación, encuentro de dos o varias interioridades. Es el fruto de una escucha auténtica e implica reciprocidad. Es exactamente lo opuesto al monólogo. Nuestra cultura contemporánea practica muchas veces el monólogo compartido entre dos o más, se emiten muchas palabras y discursos sin llegar a ser verdadera comunicación. Dialogar es salir al encuentro del otro, como constantemente hace Jesús (cf. Mc 8,2; 8,27; Lc 7,13; 7,40; 19,5). El diálogo tiene que ser respetuoso, paciente y progresivo, como demuestra el Señor con la Samaritana (cf. Jn 4,1-42). Al dialogar nos enriquecemos con las miradas e ideas de los otros. Dialogar es también dejarnos desinstalar, conmover por la palabra del otro.

25. Queremos crecer en el diálogo, para renovar constantemente nuestros vínculos y estimular la capacidad de trabajo en equipo en las pequeñas o grandes tareas que Dios nos encomienda como familia eclesial. Necesitamos purificar nuestra vida comunitaria a través del diálogo sincero e impulsar un estilo de conducción participativo. Queremos aprender a aplicar las cuatro grandes características del diálogo que el Papa Pablo VI nos regaló en su Encíclica Ecclesiam Suam: claridad, afabilidad, confianza y prudencia pedagógica (cf. ES 31). Estas cuatro palabras deben encarnarse en la vida cotidiana de nuestras familias y comunidades para poder ser auténticamente una Iglesia sinodal.

26. Deseamos acrecentar el diálogo con los hermanos cristianos de otras confesiones, con nuestros padres hebreos y con los diversos ámbitos religiosos. En un marco sociocultural donde abundan los enfrentamientos, la falta de respeto, los bloqueos en la comunicación e incluso, actitudes virulentas y hasta violentas, queremos como Iglesia promover una pedagogía del diálogo y la paz para favorecer la cultura del encuentro (cf. EG 220). Necesitamos una actitud auténtica de diálogo, que sea camino para lograr “una justicia demasiado largamente esperada” (LPNE 11.13; cf. Is 1,17; 11,4) y poder ser así una Patria de hermanos. Anhelamos un diálogo respetuoso y sereno con la cultura pluralista de nuestro tiempo que nos lleve a confrontar posiciones sin fundamentalismos de ningún tipo y encaminado a la reconciliación. Buscamos el diálogo con todos los espacios del poder político, social, laboral, económico, judicial, sindical y empresarial para que, con una sana autonomía y en colaboración con ellos, logremos el bien común de nuestra Nación (cf. LS 156-158).

c) En constante discernimiento

27. Hablamos de discernimiento espiritual. Implica ir más allá de consideraciones psicopedagógicas o sociológicas por más oportunas que éstas sean. El discernimiento espiritual parte en primer lugar de la oración en el Espíritu Santo y de la realidad cotidiana en la que hay que buscar y encontrar la voluntad de Dios (cf. 1Re 3,5-14; Lc 12,54-56). Podemos definir el discernimiento espiritual como la capacidad de ver desde Dios la realidad humana e histórica del presente, con sus luces y sombras, para ofrecer caminos concretos según el Espíritu, conduciendo hoy a todo ser humano al mayor bien posible y a la verdad que libera. No se trata de cambiar la doctrina de la fe sino de responder con la misma verdad de siempre (cf. Heb 13,8) a las nuevas realidades que la casa común del siglo XXI nos presenta (cf. LS 13-16).

28. Con el Papa Juan XXIII, y de forma particular a partir del Concilio Vaticano II, se ha acuñado la expresión signo de los tiempos profundamente asociada al tema del discernimiento (cf. GS 4.11). El discernimiento espiritual permite que se puedan captar e interpretar los signos de los tiempos en nuestro contexto inmediato y más lejano, para responder a ellos desde el designio de salvación de Dios que quiere la plenitud y felicidad de todo ser humano (cf. Mt 5,1-12; Fil 4,4-7). Debemos estar muy atentos y concentrados para que en el aquí y ahora de nuestra historia, podamos con la fuerza del Resucitado, discernir los signos de los tiempos.

29. En el marco de una Iglesia Diocesana sinodal queremos cultivar con paciencia el discernimiento espiritual, personal y comunitario, que apela constantemente al ejercicio y el buen uso de nuestra libertad. Ser libre implica el riesgo de equivocarse; y por miedo a equivocarnos podemos caer en la tentación de una cierta inactividad o parálisis, o de ciertos rigorismos y automatismos espirituales que rechazan todo tipo de discernimiento aferrándonos a esquemas rígidos que se cierran a la novedad constante del Evangelio. El discernimiento espiritual, con la fuerza y la iluminación de Dios, es el único camino que nos hace audaces a la hora de elegir en libertad en las muchas veces difíciles y complejas circunstancias de la vida (cf. AL 6.37.227.242-243.249.291-312). Recibimos con gratitud los consejos del Papa Francisco que con insistencia paternal nos enseña el arte del discernimiento espiritual a través de estas y muchas otras palabras: silencio, reflexión, oración, apertura a la realidad, humildad y obediencia, gradualidad, crecimiento, conciencia y responsabilidad. Sabemos que el auténtico fruto del discernimiento cristiano es fuente de paz y serenidad para el corazón como así también manantial de la verdadera alegría que se derrama y contagia en medio de un mundo que se paraliza por la tristeza.

III- IGLESIA PROFÉTICA

30. Contemplar a la Trinidad como paradigma e imagen de una Iglesia sinodal, me lleva, en este tercer punto a hablar de una Iglesia Profética. Para esto miramos en la Escritura el rico testimonio de fe comprometida con su propio tiempo, de muchas personas y comunidades que atraviesan tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Es contemplar, sobre todo al único Profeta con mayúscula, el Hijo Eterno del Padre, Nuestro Señor Jesucristo, que con sus palabras y obras manifiesta de forma definitiva los designios de Dios (cf. LG 12). La profecía sigue presente en el tiempo de la Iglesia a lo largo de los siglos en la vida y el testimonio de los santos, canonizados o no, que también han respondido desde la fe a los desafíos de su tiempo.

31. Un estilo de Iglesia Profética implica muchos aspectos. Me detengo en tres, no para excluir otras dimensiones sino para concentrar mejor nuestra mirada y crecer en esta línea como Diócesis. Una Iglesia Profética debe ser: coherente, evangelizadora y servidora.

a) Coherente

32. Jesús hablaba como quien tiene autoridad y no como los escribas o fariseos (cf. Mc 1,22.27). Esta expresión habla de la coherencia del Señor: anuncia el Reino y el Reino se hace presente en los signos y milagros que Él realiza. Esto es hablar con autoridad, esto es coherencia. En Jesús, del dicho al hecho no hay un largo trecho. En esta coherencia, se expresa con claridad la autenticidad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La coherencia de Jesús llega hasta el extremo en su testimonio de amor y obediencia en su entrega a la muerte y muerte martirial en la cruz (Fil 2,6-8). En Jesús, autoridad evangélica, coherencia, testimonio y martirio se corresponden de forma directa y hasta se podrían considerar en muchos casos expresiones sinónimas.

33. Es más que evidente que nuestro mundo es profundamente sensible a la coherencia, buscándola y exigiéndola permanentemente, sobre todo de los que predicamos algún mensaje. Como Iglesia Profética tenemos ante nuestros ojos el gran desafío de ser coherentes, de dar buen testimonio cotidiano de nuestra vivencia de la fe, de ser testigos de Cristo con nuestras palabras y obras. Aquí, resultan muy oportunas aquellas palabras de Pablo VI: “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos” (EN 41).

34. Queremos ser una Iglesia coherente, que dé testimonio de vida comunitaria y familiar, que sea realmente testigo del Señor Resucitado con el primer anuncio de nuestra fe, el kerygma (cf. EG 164-165), y con todas nuestras actitudes y gestos de vida evangélica que ratifiquen la Palabra proclamada (cf. DA 278-279.288-289.293.348). Celebramos siempre la gratuidad de nuestra fe que se transforma y se expresa en obras (cf. St 2,14-26; Rom 13,8-10).

b) Evangelizadora

35. La Palabra de Dios es clara con respecto al mandato misionero. Jesús nos envía a evangelizar todos los pueblos (cf. Mt 28,16-20). Pablo da testimonio personal de la urgencia del anuncio del Evangelio (cf. 1Co 9,16). La misión, el anuncio del Reino es mandato divino, no se negocia: no podemos callar lo que hemos visto, oído y tocado de parte de Dios (cf. Hch 4,20; 1Jn 1,1-3). La Iglesia es por definición evangelizadora, y en esencia misionera, es parte de su identidad más profunda (cf. EN 14; AG 2; RM 1; EG 273). Una misión auténtica y verdadera, no es selectiva ni discrimina, no hace acepción de personas o pueblos, sino que incluye a todos (cf. Is 25,6-7; 56,7; Rom 2,11).

36. En el número 27 de EG, el Papa Francisco comienza diciendo: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”. En esta frase se pueden sintetizar las múltiples insistencias del Santo Padre con referencia a una Iglesia evangelizadora, una Iglesia en salida (cf. EG 17.20-24.46). Nuestro Papa actual, como los anteriores no han dejado nunca de insistir, a tiempo y a destiempo (cf. 2Tim 4,2), en la necesidad y la urgencia de la tarea misionera. Nos han llamado y nos siguen convocando hoy a una nueva evangelización (cf. EG 14-18.73.120.126.198.239.260.284; EAm 6-7.36.66.72; DA 99.287.307).

37. Queremos ser una Iglesia Diocesana evangelizadora. “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo” (EG 49). ¡Seamos evangelizadores con Espíritu! Como nos invita el título del último capítulo de EG (cf. EG 262-288). Por la fuerza del Señor queremos ser Iglesia hospital de campaña sanando con la Palabra, la oración y los sacramentos, con gestos concretos de fraternidad y cercanía, las heridas más profundas de los hermanos de nuestro tiempo. Anhelamos estar en estado permanente de misión porque esa es nuestra vocación: evangelizadores en el propio ambiente, en las misiones organizadas casa por casa y en una presencia gozosa en los espacios públicos. Proclamar con creatividad la alegría del Resucitado en los medios de comunicación social y en las redes sociales. Ganar la calle con apostolicidad y llegar así a todas las personas para que sepan que son amados por Dios y por la Iglesia.

38. En clave evangelizadora el Papa Francisco nos habla de la misión en dos dimensiones: programática y paradigmática; y nos ilustra: “La misión programática, como su nombre lo indica, consiste en la realización de actos de índole misionera. La misión paradigmática, en cambio, implica poner en clave misionera la actividad habitual de las Iglesias particulares” (Discurso al Comité de Coordinación del CELAM, Aparecida 2013). Las dos dimensiones, programática y paradigmática, son importantes, necesarias y complementarias. Pero deseo hacer un fuerte llamado al segundo formato misionero: lograr la evangelización permanente en todas las actividades pastorales. Que la catequesis, la liturgia, la vivencia sacramental, la atención al hermano en la secretaría o en Cáritas, los templos y toda manifestación y celebración de la fe sean profundamente evangelizadoras. Toda la vida pastoral de nuestra Iglesia tiene que ser misionera.

c) Servidora

39. El profetismo de nuestra Iglesia Diocesana, que busca ser coherente y evangelizadora, se completa con el servicio. Jesús, el Dios hecho hombre, así lo hace. Por amor y en profunda actitud de servicio, lava los pies de sus discípulos, da ejemplo y nos invita a hacer lo mismo (cf. Jn 13,1-20). El corazón compasivo y misericordioso del Señor se transforma en servicio efectivo y afectivo. Siguiendo los pasos del Maestro, la vivencia y el anuncio de la fe de los discípulos misioneros se completa en el compromiso del servicio a los hermanos.

40. El servicio en la Iglesia familia se expresa en la solicitud con todos los que están necesitados de algo que le podamos brindar, especialmente a los hermanos más pobres (cf. DP 1134-1165). Ese algo que podemos dar debe llevarlos al encuentro de un Alguien, por quien obramos, que los ama y que nunca los abandona porque son sus predilectos. El servicio es la nota distintiva de los discípulos misioneros de Jesús que aman al prójimo. Comentando la parábola del Buen Samaritano, el Papa Benedicto XVI nos regala una metáfora que expresa con claridad el amor transformado en servicio: “El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (DCE 31).

41. Queremos ser Iglesia servidora, que tenga un corazón que ve y así se comprometa con los pobres, débiles, enfermos y sufrientes (cf. EG 186-216). Como Jesús anhelamos estar cerca de todo ser humano y de la familia que sufre ya que el mundo del dolor no nos es ajeno. Por el contrario, es espacio privilegiado de profetismo para hacer presente al Dios que libera y da sentido en una búsqueda sostenida de desarrollo integral y solidario para todos (cf. LS 50.185). En el marco de la doctrina social de la Iglesia queremos colaborar con todos los grupos, instituciones, asociaciones, espacios y organizaciones que procuren de forma clara y decidida un compromiso de servicio en la defensa de la totalidad de los derechos humanos fundamentales: “la Iglesia no dejará de preocuparse por el bien común de los pueblos y, en especial, por la defensa de principios éticos no negociables porque están arraigados en la naturaleza humana” (DA 504).

CONCLUSIÓN

42. Son muchos los aspectos y temas que se entrecruzan en esta primera Carta Pastoral. Vuelvo a recordar la preocupación del inicio, la que da origen a estas líneas: formación integral del discípulo misionero del siglo XXI para la vivencia, transmisión y compromiso de la fe (cf. n. 4). Vuelvo a compartirles los verbos que me motivan: sugerir, evocar, suscitar, provocar, abrir a la reflexión y reacción (cf. n. 3), animar, impulsar y estimular (cf. n. 5). En estas coordenadas deseo que reflexionemos y nos dejemos interpelar. Anhelo que podamos vivir juntos un fecundo camino de pastoral orgánica desde Dios al servicio de los hermanos.

43. La palabra Iglesia aparece con asiduidad en nuestro texto. Muchas veces asociada a la palabra familia. Ambas, van de la mano en la estructura de esta Carta, marcan el hilo conductor y dan la clave de su lectura total. Vale la pena tener presente estos dos conceptos nodales, Iglesia y familia, para focalizar en ellos los distintos puntos que se plantearon en esta reflexión:

I- Iglesia Trinitaria: Creemos en un Dios que es familia.

II- Iglesia Sinodal: Que nos llama a ser una Iglesia familia.

III- Iglesia Profética: enviada a la gran familia del mundo.

44. Al concluir, volvemos la mirada al Dios Uno y Trino, fuente de la vida y de la gracia. A Él le imploramos, por intercesión de María Santísima, madre de la Iglesia, Nuestra Señora de Luján, y por intercesión de Santa Cecilia, patrona de nuestra Diócesis, nos regale ser realmente una Iglesia Trinitaria, Sinodal y Profética.

Con mi bendición y afecto de padre, hermano y amigo.

Mar del Plata, miércoles 22 de noviembre de 2017

Solemnidad de Santa Cecilia

+ Mons. Gabriel Mestre

Obispo de Mar del Plata

Argentina

Índice de la Carta Pastoral 2017

INTRODUCCIÓN [1-5]

I- IGLESIA TRINITARIA [6-18]

a) Dios Padre [10-12]

b) Dios Hijo [13-15]

c) Dios Espíritu Santo [16-18]

II- IGLESIA SINODAL [19-29]

a) A la escucha [21-23]

b) Siempre en diálogo [24-26]

c) En constante discernimiento [27-29]

III- IGLESIA PROFÉTICA [30-41]

a) Coherente [32-34]

b) Evangelizadora [35-38]

c) Servidora [39-41]

CONCLUSIÓN [42-44]

Siglas y abreviaturas de los documentos de la Iglesia

AG Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, 1965
AL Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, 2016
CCE Catecismo de la Iglesia Católica, 1992
Comp. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 2005
DA V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento Conclusivo de Aparecida, 2007
DCE Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 2005
DP III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento Conclusivo de Puebla, 1979
DV Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 1965
EAm Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, 1999
EG Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013
EN Pablo VI, Exhortación Apostólica Postsinodal Evangelii Nuntiandi, 1975
ES Pablo VI, Carta Encíclica Ecclesiam Suam, 1964
GS Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 1965
LG Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, 1964
LPNE Conferencia Episcopal Argentina, Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, 1990
LS Francisco, Carta Encíclica Laudato Si’, 2015
NMI Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 2001
RM Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 1990.
SC Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium, 1963
VD Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, 2010

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