LOS #TRESPUNTITOS PARA REFLEXIONAR CON MONSEÑOR GABRIEL MESTRE | 6° DOMINGO DURANTE EL AÑO DEL CICLO B

Domingo 6º Durante el Año Ciclo B. 11 de febrero de 2018

Primera lectura: Lev 13,1-2.45-46
Salmo: Sal 31,1-2.5.11
Segunda lectura: 1Co 10,31-11,1
Evangelio: Mc 1,40-45

Tanto la primera lectura como el Evangelio de este Domingo nos ponen en contacto con la temida enfermedad de la lepra. En la época del AT y en la de Jesús, bajo el nombre de “lepra” figuraban varias enfermedades de la piel y los tejidos y no solo la que provoca el micobacteryum leprae. Esta última es mucho posterior en cuanto hallazgo por el científico noruego Gerhard Hansen en 1874. Por eso, se lo llama también, bacilo de Hansen.

En la tradición judía del AT el que tenía lepra era considerado impuro como queda patente en la primera lectura. Esta situación era muy dramática para la persona dado que experimentaba tres situaciones profundamente negativas: en primer lugar el dolor físico de la enfermedad; en segundo lugar la separación total de su mundo afectivo familiar y amical por temor al posible contagio; y, en tercer lugar, la incapacidad de comunión con Dios y de rendirle culto por ser considerado “impuro”.

Propongo tres puntos para orar, meditar y reflexionar sintetizados en tres verbos: DIAGNOSTICAR, SUPLICAR, PROCLAMAR:

  1. DIAGNOSTICAR nuestras “lepras” espirituales y sociales.
  2. SUPLICAR pidiendo la purificación.
  3. PROCLAMAR a todo el mundo las maravillas del Señor.

 1. DIAGNOSTICAR nuestras “lepras” espirituales y sociales.
No se trata de tratar médicamente la lepra física que debe ser atendida en los centros especializados. Se trata de captar cuáles son hoy las impurezas humanas, sociales y espirituales que tocan nuestra vida. Ver qué es lo que está dañando, mutilando, enfermando, pudriendo, invadiendo de forma negativa nuestro corazón, nuestras familias y comunidades. Pensar en la lepra de la discriminación injusta, de la falta de perdón, del bloqueo del diálogo, de la falta de respeto, de las murmuraciones… la lepra del miedo que paraliza, del egoísmo, de la envidia, de los celos destructivos… Nuestra vida participa de la impureza de la humanidad y tenemos que descubrir y visualizar en qué medida y de qué forma.

¿Cuáles son mis impurezas hoy? ¿Cuál es mi principal lepra espiritual? ¿De qué está “enferma” mi familia, mi grupo de amigos, mi parroquia, capilla, comunidad o movimiento de Iglesia? ¿Qué recuerdos y pensamientos pueden estar hoy “mutilando” o “pudriendo” mi corazón? ¿Qué implica para mí hoy la impureza entendida en un sentido amplio y no solo sexual?

2. SUPLICAR pidiendo la purificación.
¡Qué hermosa la actitud del leproso del Evangelio de hoy! ¡Qué humildad y qué libertad que refleja en sus palabras y en su actitud! Somos invitados todos y cada uno a “caer de rodillas” ante el Señor en el Sacramento de la Reconciliación, en la Misa, en el Sagrario, en oración con su Palabra y decirle con humildad: “Si quieres puedes purificarme”. Y presentar al Señor todas y cada una de nuestras impurezas, enfermedades y situaciones de lepra espiritual y social.

¿Me acerco a Jesús con humildad? ¿Estoy convencido que como Dios Todopoderoso puede realmente purificar mi corazón y mi vida? ¿Me postro ante el Señor en sus diversas presencias, sobre todo en la Eucaristía y en la Reconciliación? ¿Tengo actitud de súplica confiada en su poder? ¿Me dejo “purificar” por la presencia sanante del Maestro?

3. PROCLAMAR a todo el mundo las maravillas del Señor.
Jesús pide al leproso curado que no diga nada para que la multitud no confunda su mesianismo, pensando que es un “liberador político y social” y, además, para que no se genere una “búsqueda febril” para “arrancarle” milagros. Sin embargo, el que fue purificado lo proclamó a todos. Esa es la auténtica experiencia del que ha sido sanado por el Señor. No puede callar lo que ha visto y oído, lo que el Señor ha hecho en su vida. Así debemos actuar los que hemos sido purificados por el Señor. Al ser constantemente sanados por su gracia, también constantemente somos invitados a dar testimonio de esta realidad a todos. Esa es la verdadera tarea misionera y evangelizadora de la Iglesia en cada bautizado. Que comprendamos que tenemos que “contar” todo lo bueno que el Señor hace en nuestra vida para contagiar así la alegría de su seguimiento.

¿Proclamo las maravillas del Señor? ¿Cuento a los demás lo bueno que el Señor hace conmigo? ¿Doy testimonio de la misericordia de Dios en mi vida que constantemente me sana y me purifica? ¿Busco contagiar a mis hermanos el deseo del seguimiento de Cristo? ¿Soy misionero en mis ambientes de vida cotidianos?

+ Mons. Gabriel Mestre
Obispo de Mar del Plata
Argentina.

Podés escucharlo en el siguiente link > 11FEB2018-TresPuntitos-Mestre

También podés leerlo o descargarlo en formato PDF aquí > Domingo 6º Durante el Año Ciclo B 2018

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