Exhortación pastoral sobre el obispo auxiliar escrita por Eduardo Pironio en 1975

El Obispo Mons. Gabriel Mestre consagrará a Darío Rubén Quintana como Obispo Auxiliar de la diócesis de Mar del Plata en una ceremonia en la Catedral a las 18hs del Sábado. Que función cumple el Obispo Auxiliar, según la Exhortación pastoral sobre el obispo auxiliar, de Eduardo Pironio.

 

En la Exhortación pastoral sobre el obispo auxiliar de Eduardo Pironio, publicada en Mar del Plata, 30 de agosto de 1975 dice textualmente.

Mis queridos hermanos:

Dios nos ha hecho una gran gracia: el regalo de un Obispo Auxiliar.

Lo necesitábamos y esperábamos. La importancia de la Diócesis y la complejidad de sus problemas, por una parte, y la creciente multiplicidad de mis tareas extradiocesanas, por otra, lo reclamaban.

El Santo Padre ha designado para nuestra Diócesis a Monseñor Rómulo García. Si Dios quiere, será ordenado Obispo en la Iglesia catedral de Bahía Blanca el 24 de setiembre, festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, a las 16. Asumirá sus funciones el domingo 9 de noviembre, también a las 16, en nuestra Iglesia Catedral de Mar del Plata.

Quiero invitarlos de un modo especial para ambas ceremonias. Me gustaría que una numerosa representación diocesana, compuesta de sacerdotes, religiosas y laicos, participara activamente en esta fiesta eclesial. Para nuestra Iglesia Particular de Mar del Plata –pero fundamentalmente para toda la Iglesia– se trata de un acontecimiento providencial, lleno de una presencia nueva del Señor y de una particular efusión del Espíritu de Pentecostés.

Sobre todo quiero que estén todos presentes espiritualmente, con su gratitud, su afecto y su oración.

Para eso deseo manifestarles lo que significará para la Diócesis un Obispo Auxiliar. Pediría a los sacerdotes explicaran y ahondaran, en sus pláticas u homilías, estas sencillas reflexiones que les envío.

I

El Obispo Auxiliar será una nueva presencia sacramental de Cristo en nuestra Iglesia. En la persona del Obispo a quien asisten los presbíteros, está presente Cristo en medio de sus fieles dice el Concilio (LG 21). Más adelante nos enseña que el Obispo no es un mero representante del Papa, sino un Vicario y Legado de Cristo (LG 27). En el Obispo se da sacramentalmente una nueva efusión del Espíritu Santo, una comunicación de su gracia, de su Don. El Obispo no es un administrador, un técnico, un jefe. El Obispo es esencialmente un Pastor, imagen viva y transparente de Cristo el Buen Pastor. También el Obispo Auxiliar, unido en profunda comunión sacramental con el Obispo residencial es imagen del Padre en el interior de la comunidad o familia diocesana.

Es preciso ver en el Obispo –en todo Obispo– lo siguiente:

  1. a) la semilla apostólica (Tertuliano) (cfr. LG 20). Todo Obispo es auténtico sucesor de los Apóstoles. En él vive, con toda la fuerza del Espíritu, Juan y Santiago, Felipe, Andrés o Bartolomé. En él, inquebrantablemente unido al Colegio Episcopal, se asienta la única Iglesia de Cristo profundamente inhabitada por el Espíritu Santo. Ver a un Obispo es descubrir a un Apóstol. Tener fe en un Obispo es afirmarse en la invencible solidez de un Apóstol. Amar a un Obispo es experimentar el gozo de sentirse todos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Porque hemos sido edificados sobre los Apóstoles y los Profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra fundamental es el mismo Jesucristo (Ef 2, 19–20);
  2. b) el don, la gracia, la efusión, del Espíritu Santo (cfr LG 21). El Episcopado es un Sacramento, no una función. Por eso la presencia de un Obispo es carismática. No es un hombre cualquiera. Tampoco es un cristiano más o un sacerdote entre muchos (con toda la profunda e inagotable riqueza divina que todo sacerdote significa). Un Obispo es particularmente ungido por el Espíritu para ser primario testigo de la Pascua. Esto hace que el Obispo se configure de un modo especial y único con Jesucristo. Maestro, Pastor y Pontífice (LG 21). Será maestro y testigo auténtico de la fe (LG 25), administrador de la gracia divina (LG 26), prudente y sabio conductor del Pueblo de Dios en nombre de Cristo (LG 27). La infalible seguridad de una particular efusión del Espíritu Santo hace del Obispo un hombre profundo, sereno, esperanzado. Verdadero sabio y maestro de santidad;
  3. c) una presencia sacramental de Cristo, imagen del Padre, Luz de los Pueblos y Alianza de las naciones, Servidor de Yavé, Salvador de los hombres. Son infaliblemente ciertas las palabras de Jesús: Quienes a ustedes oye, a Mí me oye, quienes a ustedes recibe, a mí recibe; quienes a ustedes desprecia, a mí me desprecia.

Aquí no cuenta la sabiduría humana o el talento organizativo del Obispo. Todo Obispo es Cristo, y quien margina o ataca al Obispo, margina o ataca a Cristo y rompe la comunión con Dios.

II

Hay algo más que quisiera decir sobre el Obispo. Esencialmente el Obispo es maestro de oración, principio de unidad y testigo de esperanza.

  1. a) Es Maestro de oración. Porque el Obispo es el hombre de la Palabra y la Liturgia. Que no se le pida solucionar técnicamente los problemas sociales, económicos y políticos. No es esa su tarea. Hay que exigirle ser un hombre de oración. Más todavía, un maestro de oración: Señor, enséñanos a orar (Lc 11, 1). Todo sacerdote, toda religiosa, todo laico, tiene derecho a exigir de su Obispo que le enseñe a orar, que le muestre al Padre, que le comunique el don inefable del Espíritu Santo. Hoy se le exigen al Obispo muchas cosas: que sepa dar un juicio sobre la realidad del país, que sepa dar una solución justa a un gravísimo conflicto de los gremios o partidos. El Obispo está hecho –consagrado por el Espíritu– para otra cosa. Ni siquiera está puesto para resolver problemas. Ha sido consagrado para orar, para enseñar, para unir, para animar. El Obispo, más que nadie, tiene que ser en la Iglesia el hombre de la contemplación, el maestro de la vida interior, el que preside y dirige la oración.
  2. b) Es principio visible de unidad, en su Iglesia Particular. Por la Palabra, la Eucaristía y la autoridad ejercida como servicio. Tiene que ser un punto clave de convergencia, no de división. Si se diera la facilidad superficial de capitalizar demagógicamente partidismos –Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro (1 Cor 1, 12)– dejaría de ser un verdadero Obispo. Quizás, por eso mismo, el Obispo tenga que ser siempre un signo de contradicción, como Jesús. Es que no puede olvidar que el encuentro, la unidad, la comunión, se realizan siempre por la cruz. En cierta medida, de esta misma crucifixión participa también el Sacerdote ya que, como próvido cooperador, ayuda e instrumento del Obispo (LG 28), su función esencial es hacer y presidir la comunión. Hacer la unidad no es fácil: supone el carisma de discernir lo diverso y de armonizarlo en el Espíritu. Supone, también capacidad de diálogo, de muerte y de servicio. El gran servicio de un Obispo –por eso, también, su responsabilidad– es la unidad de su presbiterio, sus religiosas y su pueblo entero. Lo que más duele a un Obispo no es que lo ataquen personalmente. Lo que más duele a un Obispo es que herido el pastor, se dispersen las ovejas (Mc 14, 27). Es decir, una comunidad dividida o enfrentada.
  3. c) Es testigo de Esperanza. Un Obispo no puede ser nunca profeta de calamidades. Debe interpretar los signos de los tiempos, descubrir permanentemente el paso del Señor por la historia y testificar fuertemente la esperanza. No puede dar muestras de cansancio, pesimismo o de tristeza (aunque interiormente, como todo hombre, esté deshecho y sangrando). Tiene que ser el signo de un Cristo que resucitó y vive. La tarea de un Obispo –testigo de la resurrección de Cristo– es anunciar siempre, en la oscuridad de la noche, la claridad del Día del Señor.

Por eso, no debiera ser privilegio de unos pocos, sino tarea de todos, proclamar constantemente la resurrección y la vida, la seguridad y la esperanza. Un Obispo debe ser profundamente alegre; pero con la alegría honda y contagiosa, fundamental e imperdible, que brota del silencio y de la cruz.

III

Queda, finalmente, por describir la figura de un Obispo Auxiliar. Todo lo anteriormente dicho es válido para él. Por eso es esencialmente miembro del Colegio Episcopal, verdadero sucesor de los Apóstoles, responsable de la Iglesia universal y auténtico pastor del Pueblo de Dios. No es un servidor del Obispo residencial, no es un súbdito, no es un mero ejecutor de sus órdenes. Es esencialmente un cohermano partícipe de los mismos sufrimientos y gloria de Cristo (1 Pe 5, 1).

Le es dado al Obispo residencial para que, en plena comunión con él, ore y sufra, busque y planee, oriente y conduzca. No es un simple intermediario entre el pueblo y el pastor; debe saber asumir él mismo su propia responsabilidad. Pero con absoluta fidelidad evangélica y eclesial al Obispo residencial.

Un Obispo Auxiliar es partícipe del ministerio apostólico del Obispo residencial; por eso es, como él, maestro auténtico de la fe, pontífice verdadero, buen pastor de las almas. Hay circunstancias que lo exigen. No simplemente por honor de una Diócesis o de una persona. Sino por exigencias pastorales de una Iglesia universal. Cuando los problemas son amplios y complejos, cuando los límites personales de un pastor lo reclaman, es urgente y necesaria la presencia de un cohermano Obispo que haga más pronto, inmediato y eficaz el servicio al Pueblo de Dios.

El Obispo Auxiliar no está hecho para suplir al Obispo residencial, sino para multiplicarlo. Por eso su presencia y su acción no descargan la responsabilidad del Obispo residencial ni tampoco, por sí mismas, alivian su tarea. Fundamentalmente es el Pueblo de Dios, la Diócesis entera, quien primariamente experimenta el beneficio de un Obispo Auxiliar. Sabe que puede contar con más frecuencia e intimidad con la eficacia directa del carisma episcopal.

Pero el Obispo residencial lo siente personalmente como una gracia. Es evidente que una responsabilidad compartida –una cruz solidariamente llevada–, serena y da más ánimo. También amplía el horizonte eclesial de un Obispo. Un Obispo no es sólo para su Diócesis. Se debe a la Iglesia universal. El hecho de saber que puede disponer de un poco más de tiempo –sin forcejeo de horas o de tensiones– para orar, leer y escribir, amplía el horizonte de su ministerio. Yo me siento feliz con el Obispo Auxiliar y agradezco al Santo Padre su bondad.

Por eso, mis queridos hermanos, quiero que den gracias conmigo al Padre de toda luz, de quien procede todo bien en el cielo y en la tierra, por este don de nuestro Obispo Auxiliar. Y les pido que lo reciban y acompañen siempre con cariño bien sincero.

Quiéranlo mucho y recen todos los días por él. Como les pido humildemente que me sigan acompañando a mí, como lo hicieron siempre, con su afecto y su oración. Ustedes saben que lo necesito. Como saben también, que yo los quiero a ustedes –que son mi alegría y mi corona (Fil 4, 1)– hasta el punto de desear entregarles, no solamente la buena Noticia de Dios, sino también mi propia vida (1 Tes 2, 8).

No puedo terminar esta Carta sin expresar mi profundo agradecimiento a Monseñor Sirotti que tan generosamente nos ha acompañado –a ustedes y a mí– durante estos tres años. Le ha tocado a él una tarea ardua y difícil. Pero todo lo ha hecho con su gran corazón sacerdotal. Que el Señor le retribuya todo lo que nos ha dado: su fraternidad sacerdotal, su amor por las vocaciones, su interés por los barrios, su deseo de multiplicar los centros comunitarios, su dinamismo misionero. Son semillas del Reino que él ha dejado plantadas en nuestra Iglesia de la Pascua y cuyos frutos ya vemos florecer en vocaciones apostólicas y misioneras.

Le debemos nuestro afecto y nuestra oración. Yo quiero invitarlos a ustedes a la despedida
–encuentro que realizaremos el 12 de setiembre en Mar del Plata.

Que Nuestra Señora de la Reconciliación –la que preside siempre nuestros encuentros desde el altar del Santísimo en nuestra Iglesia Catedral– nos haga vivir en permanente acción de gracias al Padre, en la alegría de la fidelidad al Evangelio de su Hijo y en la fecundidad del amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5).

En la comunión de la Trinidad, los abrazo y bendigo a todos de corazón.

 

Mar del Plata, 30 de agosto,

 festividad de Santa Rosa de Lima

–Patrona de América–

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