Alocución de Mons. Fr. Darío Rubén Quintana OAR Obispo de Bavagaliana y Auxiliar de Mar del Plata en su ordenación episcopal

Sábado 28 de diciembre – Ordenación Episcopal

“Señor Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza, a Ti, Padre del cielo, te aclama la creación”; reza el Himno antiguo de acción de gracias y que me uno a sus versos en esta noche especial.

Gracias a Dios por la vida, don gratuito y hermoso, que debe ser por tanto valorado y protegido desde el primer instante de la concepción hasta su último halito natural…

¡Sí! ¡Gracias Señor por la vida! ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres! (Sal. 125, 3)

Le doy gracias al Señor por mis padres, cocreadores con Dios, que me han dado la vida: a José Luis que intercede desde el cielo y a Perla que me acompaña desde el primer momento en este camino emprendido de mi vocación. Fui, a la pila bautismal de la Parroquia de N. S de la Asunción de Buenos Aires, cargado en un moisés, con apenas tres días de nacido.

¡Gracias Señor, por el Bautismo y haberme hecho hijo de Dios!!!

Gracias por los primeros pasos de la infancia en el colegio parroquial Mons. Sabelli de la querida parroquia Santa Julia, casa donde siempre se respira un clima de “Iglesia de puertas abiertas”.

Agradezco a mi hermosa familia que Dios me regaló y que hoy me acompaña, a los que rezan desde la distancia, amigos, compañeros, catequistas, maestros y profesores, sacerdotes y religiosos que me acompañaron en los años de mi niñez y adolescencia.

Con la Primera Comunión y la administración del Sacramento de la Confirmación en el querido Colegio Don Orione, fui configurándome con la gracia de Dios hasta que salió al encuentro de mi libertad, cambiando mis horizontes y proyectos más humanos; sentí en mi corazón la necesidad de preguntarle a Jesús: Maestro ¿donde vives?. Ven y verás… y luego del discernimiento, entre al seminario San Ezequiel Moreno.

¡Gracias Señor, por que me llamaste!

Pero, Señor, ¿por que me llamaste a mi?  Como escuchábamos en la lectura de Isaías ante la llamada del Señor: el profeta responde ¡Ah Señor!. Mira que no sé hablar” (Jer. 1, 69); la leyenda de San Agustín y su diálogo con el niño a orillas de mar, llevando agua con una ostra a su pequeño pozo hecho en la arena, nos invita a tomar conciencia de que el misterio de Dios es insondable. Mi vida fue una búsqueda de la voluntad de Dios y un encuentro de su presencia y misericordia siempre.

La facultad de teología, en esos años, significó para mi una realidad nueva: conocimiento de Dios a través del estudio y la experiencia viva de una Iglesia al servicio de la evangelización. Allí encontré grandes profesores y maestros de la vida, muchos hoy obispos de la Iglesia y buenos compañeros:  con algunos compartimos la alegría de ser servidores del Señor en el sacerdocio, otros como consagrados y consagradas y otros laicos comprometidos.

El Señor me invitó a caminar más de cerca a través de los consejos evangélicos, meditándolos en el período de noviciado de la Orden de Agustinos Recoletos en Burgos; agradezco a todos mis formadores y superiores que me corrigieron, animaron, alentaron y sostuvieron en el camino de la formación

A partir de la Ordenación Diaconal y luego con la Ordenación sacerdotal, el Señor me enviaba a través de la obediencia, ya a servir en comunidades concretas:

En el querido Colegio San José de Villa Maipú con el P. Javier sacerdote, maestro de alma, donde empecé los primeros pasos en la conducción educativa y en el acompañamiento de los jóvenes. Agradezco a las familias y padres, por los niños y adolescentes encomendados, que me enseñaron a ser familia de Dios.

          En la Comunidad de N. S. de la Consolación de Buenos Aires, como padre de la pequeña comunidad religiosa y de “la comunidad de comunidades” que es la familia parroquial, años hermosos donde continúe aprendiendo a ser pastor de mi primer rebano encomendado

          Me toca volver por segunda vez a Mar del Plata, ahora como párroco de la querida Parroquia que me recibió de niño, N. S. de Fátima. Allí compartí momentos hermosos de formación, espiritualidad, misión, junto a los laicos, los seminaristas de la diócesis, los frailes, sacerdotes, el obispo y al mismo tiempo, con los turistas que nos visitaban año a año y providencialmente con los vecinos que me conocían desde chico.

          Al poco tiempo vuelvo a Buenos Aires con la tarea de ser animador de la vida religiosa de la Orden en Argentina y la hermosa misión de acompañar a la pastoral de juventud, en su proyecto de iluminar la realidad eclesial ¡Qué lindo fue contagiarme de ese espíritu joven y animado!.

¡Gracias Señor por tus jóvenes!

“El viento del Espíritu” me envía, al Seminario san Ezequiel como prior y párroco de N. S. de Luján, de la Diócesis de San Martin,  luego de 30 años, que allí había ingresado y desde ese lugar, recibo esta elección de la Iglesia a servir como obispo, de la persona del Santo Padre, el Papa Francisco, a quien agradezco su trato conmigo, confiable y siempre firme y hoy, éste ministerio apostólico que me encomienda.

Agradezco a Mons. Mestre, obispo de esta sede de Mar del Plata, que, junto a los obispos presentes a través de la imposición de manos, la oración consecratoria y la unción me revisten de la autoridad apostólica y me constituyen en sucesor de los apóstoles, le agradezco su amistad sincera y su acompañamiento en estos primeros pasos como obispo. Quiero ser “un cohermano, partícipe de los mismos sufrimientos y gloria de Cristo” (1 Pe 5, 1).

A Mons. Fr. José Luis Azcona Hermoso OAR coconsagrante, obispo prelado emérito de Marajó, Brasil, él me ordenó presbítero hace 22 años y tengo la alegría de contar con su presencia hoy también, gracias por su testimonio de entrega y voz profética.

A Mons. Antonio Marino, coconsagrante, obispo emérito de Mar del Plata, y profesor admirado y querido, en mi época de alumno de la facultad de Teología, gracias porque con sus palabras y sus escritos cristológicos me hizo “conocer más a Jesús y así amarlo con mayor entrega”, anhelando el don del Orden Sagrado al que me sentía llamado

Al Cardenal Mario Aurelio Poli, Arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina, que nos honra en esta diócesis con su presencia, gracias por su humildad y palabra oportuna.

Agradezco a los demás obispos presentes: Mons. Oscar Vicente Ojea presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Carlos Humberto Malfa (Chascomús), Fernando Carlos Maletti (Merlo-Moreno), Damián Naninni (San Miguel), Raúl Martín (Santa Rosa), Ariel Torrado Mosconi (Nueve de Julio), Adolfo Uriona FDP (Villa de la Concepción del Río Cuarto), Hugo Salaberry, ( Azul), Jorge Torres Carbonell (auxiliar de Lomas de Zamora), Ernesto Giobando SJ (auxiliar de Buenos Aires), Enrique Eguía Seguí (auxiliar de Buenos Aires),  Alfredo Zecca (arzobispo titular de Bolsena) y en ellos, a todo el episcopado argentino que con calurosa aceptación me han saludado y me hacen sentir un hermano más en este colegio apostólico.

Dentro de la familia agustiniana  a Mons. Fr. Alberto Bochatey OSA y a los obispos agustinos recoletos presentes: Mons. Fr. Carlos María Domínguez OAR recientemente consagrado y compañero del seminario y de tantas tareas encomendadas, Mons. Fr. Jesús María Cizaurre OAR de Braganza (Pará), Brasil, Mons. Emiliano Cisneros de Chachapollas, Perú y a los que desde la distancia, porque están viajando a Brasil para la consagración en pocas horas del también nuevo obispo electo agustino recoleto Mons. Fr. Jesús María López Mauleón, de la Prelatura de Alto Xingú-Tucumá, Brasil, se unen espiritualmente a esta celebración, gracias porque testimonian el espíritu fraterno al servicio de la Iglesia.

¡Gracias Señor por que me llamaste a tu Iglesia!

Gracias a la Orden de Agustinos Recoletos, al Prior General Fr. Miguel Miró OAR, Prior Provincial de Santo Tomás de Villanueva, Fr. Miguel Ángel Hernández OAR, mis presbíteros asistentes, P. Vicario de la Provincia de San Nicolás,  Fr. R. Daniel Medina OAR, Vicario Provincial de Argentina y P.P. Vicarios y hermanos venidos de otros países: son mi familia religiosa, me formaron y me invitan con su apoyo y presencia en esta Celebración a entregarme a la Iglesia en el servicio episcopal, a ejemplo de Nuestro Padre San Agustín, que no queriendo ser obispo por no abandonar la vida conventual y el estudio de la Palabra, sin embargo, acepta servir en la iglesia que lo elige.

Gracias al presbiterio de la Arquidiócesis de Buenos Aires y de la Diócesis de San Martín, a amigos sacerdotes de otras diócesis que han viajado con esfuerzo hoy hasta aquí: sus ejemplos, sus consejos y su cercanía siempre hicieron alegre la fraternidad sacerdotal

Gracias a los que vinieron de lejos, a los miembros de la familia agustiniana: fraternidad seglar y JAR, a los laicos de las comunidades donde he trabajado, a los amigos y compañeros de la vida. Mi corazón hoy rebosa de agradecimiento por haberlos conocido y me hacen emocionar.

¡Gracias Señor por mi vida Sacerdotal!

Y por tercera vez llego a Mar del Plata, pero no solo a la ciudad como hasta ahora, sino a la extensa diócesis que “abarca una porción importante del sudeste de la provincia de Buenos Aires. En este territorio bañado y bendecido por el mar se amalgaman en el campo y las sierras, pueblos y ciudades, barrios y asentamientos, caseríos y zonas rurales en un gran abanico de realidades diversas y desafiantes”.

Agradezco a las Autoridades presentes:

Dr. Luis Saguier Fonrouge – Secretario de Culto de la Nación.

Lic. María Luisina Díaz – Directora Provincial de Relaciones con la Comunidad y Culto.

Dr. Gustavo Bazán – Responsable de Culto de la Provincia de Buenos Aires.

Dr. Guillermo Montenegro   – Intendente Municipal Gral Pueyrredón

Demás autoridades nacionales, provinciales y municipales.

Representante de las Fuerzas Armadas y de Seguridad

Miembros del Cuerpo Consular:

Autoridades de distintas localidades de la Diócesis

Gracias a los sacerdotes, diáconos y seminaristas de Mar del Plata, ¡Qué orgulloso me siento de estar entre ustedes e iniciar mi ministerio como obispo auxiliar!; seré una nueva presencia sacramental de Cristo en nuestra Iglesia. En la persona del Obispo a quien asisten los presbíteros, está presente Cristo en medio de sus fieles dice el Concilio Vaticano II (LG 21). Deseo responder con toda humildad y con todas mis fuerzas al “don” que Dios nos ha concedido. Sé que cuento con la Gracia de Dios, pero estoy convencido que, también, voy a contar con la ayuda de ustedes.

Gracias a los religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa desde el Carmelo, a la vida consagrada en todas sus expresiones y a tantas personas que con su estilo de vida anticipan el Reino de Dios en nuestro mundo.

Gracias a los fieles laicos y a todo el pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis en su variedad de dones y carismas que refleja la fuerza de Dios vivo entre los suyos.

Salva a tu pueblo, Señor y bendice a tu heredad; Sé su pastor y guíalos por siempre”.       

Pido al Buen Pastor que mande obreros a su mies, que enriquezca nuestras Iglesias con abundantes vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, me ayude a que en mi vida siempre haya una dedicación especial para crear una cultura vocacional, donde los jóvenes encuentren las herramientas suficientes para hallar el “plan de Dios” en sus vidas.

¡Gracias Señor, por haberme elegido!

En las manos de María, madre del “Gran Pastor de las ovejas, por la sangre de una Alianza eterna” (Heb.13, 20) y de san José, encomiendo mi vida …“sé que he puesto en Dios mi esperanza y no quedaré defraudado.”

 

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