“EL ANUNCIO DE DIOS SE LLEVA EN EL RESPETO Y EL AFECTO HACIA EL OTRO”

Verónica Rubí, misionera marplatense, luego de 7 años de misionar en Mozambique y 5 en el Amazonas, nos cuenta su experiencia de trabajo misionero en el Alto Solimões, en la triple frontera de Brasil, Perú y Colombia sobre el rió Amazonas.

Misionar es una experiencia de Iglesia, ya que la misión es compartir la vida y la fe. No se trata solo de anunciar el evangelio de manera explícita sino de vivir la cotidianeidad y en esa simplicidad de vida se va haciendo presente el misterio del reino. Cuando llegamos a un contexto de vida tan diferente estamos llamados a conocer, a abrir bien los ojos y los oídos, y a percibir por dónde pasa la vida en esa geografía que es esencialmente muy diferente.

Lo diferente de los pueblos de la amazonia en relación a Mar del Plata es la simplicidad de vida. Y eso que los pueblos indígenas son una infinidad de realidades, como países distintos, con culturas diferentes, idiomas e idiosincrasias, sus mitos y vestimentas. Hay comunidades que son de contacto desde hace algunos años y hay grupos que todavía se siguen llamando grupos indígenas aislados, de aislamiento voluntario, son nómades y no tienen contacto con otros grupos humanos. Nuestra misión como Iglesia es ayudar a respetar su deseo de aislamiento y protegerlos de los grupos que por cuestiones económicas atentan contra su vida. Su acceso es muy difícil, porque están en una región distante del Alto Solimoes, en la frontera de Brasil con Perú, son comunidades que están a varios días de navegación de las ciudades más importantes del rio Solimoes o Amazonas.

Hay muchas barreras: idiomáticas, culturales, sociales, pero a la vez estas mismas barreras son oportunidades para hacer el mutuo esfuerzo del encuentro. El anuncio de Dios se lleva en el respeto, en recibir al otro, en la actitud de acogida. Si bien hablo portugués no siempre es fácil la comunicación ya que ellos utilizan solo su idioma nativo, el “ticuna” que todavía no lo hablo fluidamente. Hay un lenguaje de afecto, no verbal y desde el que se construye el vínculo. La misión es básicamente encuentro, yo no voy a convencer a nadie de nada en especial, no quiero que nadie cambie su forma de vida, voy con fraternidad y con cariño. Vamos a compartir la vida en comunidad. Históricamente han sido pueblos discriminados por las ciudades, cuando llegamos con esta nueva disposición evangélica siendo de afuera, una vez que descubren nuestras intenciones son muy cálidos y nos devuelven el mismo afecto.

¿Cómo llegue a descubrir las misiones? Durante en secundario, en el colegio Santa Cecilia una misionera dio testimonio de su viaje a Mozambique, en 1992. Ella contó su modo de preparación como laica para misionar ante otros pueblos. Otra sorpresa fue cuando ella dijo que hay lugares en el mundo donde hay gente que nunca oyó hablar de Dios. Yo no lo podía creer en mi adolescencia. Así fue que comencé a descubrir en mi vida la idea de la misión como vocación. En mi juventud empecé misionando en Tamangueyú, cerca de Lobería, durante varios años. Luego con un grupo de universitarios fuimos 9 veranos seguidos a Cushamen, en la provincia de Chubut con los mapuches. Esa experiencia fue cautivando mi corazón y haciendo crecer esta idea para vivir más tiempo en la misión. Así, entre la misión, la universidad y algún trabajo de ocasión me recibí de Lic. en Trabajo Social en la Universidad en el 2000, pero siempre pensando en el conflicto de dejar la familia, el trabajo, los amigos y todos mis vínculos para lanzarme de lleno a la misión…..¿yo no podía ser normal y vivir como todo el mundo?

Felizmente tuve el coraje de seguir buscando la llamada de Dios en mi vida, y en el camino la encontré y fui confirmando mi vocación misionera. Por eso fui enviada por la diócesis de Mar del Plata y los hermanos maristas a Mozambique en el 2005, estuve 7 años allí. Volví a mi ciudad natal con muchos interrogantes. Quería profundizar un estado de vida más comprometida. Hice ejercicios espirituales y profundice mi vocación misionera para salir a otros lugares de la mano de los hermanos maristas, con quienes empecé mi camino de fe en mi adolescencia. Inicialmente creía que mi destino era Asia, pero 6 meses después me presentaron la realidad de Tabatinga en el Amazonas (en la triple frontera de Brasil, Colombia y Perú), allí me pidieron que elaborara un proyecto de misión. Hace 5 años que venimos renovando nuestra presencia allí y profundizando los vínculos con esas comunidades, ahora felizmente el padre Obispo Gabriel Mestre me envía por 3 años más.

Ser misionero es una vocación y un servicio. La llamada de Dios es constante y prudente, la simplicidad de la vida de esas personas tan distintas con la que convivimos en la misión hace que uno se enamore. Vemos diariamente cómo Dios se va manifestando en tantas situaciones y está siempre al lado del más pobre y del que más sufre. La misión nos deja una percepción más aguda de la presencia de Dios en nuestra vida.

A los jóvenes les digo que se acerquen a una misión y que se dejen tocar por las realidades que Dios presenta a través de nuevas situaciones y personas. No vayan con respuestas preparadas, con conclusiones anticipadas, con prejuicios. Debemos ir con una actitud de escucha, de acogida, y como una oportunidad para dejar que Dios se manifieste de otras formas. La sociedad, la universidad y las instituciones todo el tiempo nos hablan del control, que debemos controlar la vida, buscar la seguridad, atesorar bienes… y no es tan así.

Cuando uno se dispone a construir la invisible presencia de Dios en nuestra vida, Él nos va abriendo las puertas de forma que uno no se imagina.